Mons. Luis Mª Martínez

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Mi padre se llamaba Rosendo, emigrante español de Asturias, de una aldea llamada Ballota. Al llegar a Michoacán por su trabajo y dedicación pronto se convirtió en administrador de la Hacienda Molino de los Caballeros, lo que ahora es el poblado de SLuís María Martínez a los 3 añosan Antonio Molinos en el occidental estado de Michoacán; mi madre, Ramona, o Ramoncita, como le solían llamar, era la hermana del  Padre capellán de la Hacienda. Se conocieron, se amaron y se casaron.Luis María Martínez en el Seminario Mayor de Morelia

Yo nací el 9 de junio de 1881 en la misma Hacienda; al morir mi padre, a los doce días de haber nacido, mi tío, el hermano de mi madre, el P. Casimiro Rodríguez, nos acogió a ella y a mí. Como he dicho, mi tío era capellán de la hacienda y también vicario de Tepuxtepec. Luego, junto con mi tío, nos trasladamos a Puruándiro y finalmente a Morelia, donde otro hermano de mi madre, don Sabino, veló por nosotros tras la muerte del tío Casimiro.

El 2 de enero de 1891, cuando tan sólo tenía nueve años, ingresé al Seminario Menor de Morelia. En 1897 pasé al Seminario Mayor.

 

El 20 de noviembre de 1904, recibí el Sacramento del Orden con el grado de Presbítero en la Capilla del Arzobispo. Con alegría les digo que mi cantamisa fue la del día de Navidad…¡en el Templo del Espíritu Santo y de la Cruz!. ¿A que no lo sabían?. Justamente 10 años antes de que los Misioneros del Espíritu Santo fueran fundados. ¡Cómo son los caminos de Dios! ¿Quién me iba a decir que en 1920 los Misioneros tomarían posesión de este Templo y que yo haría los votos en dicha Congregación. ¡Cómo son los caminos de Dios!.

Y es que para mí la Navidad siempre fue una fecha muy especial. Treinta y ocho años después escribiría:

«¡Qué Navidad pasé! Decididamente esta es mi fiesta. Nunca dejo de llorar en esta noche y nunca dejo de sentir. Ni en mis tiempos más disipados dejé de sentir la divina emoción de esta noche…La primera misa fue tiernísima, con emoción, con lágrimas… Los villancicos llegaban a mi corazón como saetas profundas y dulcísimas. Después de la consgración apenas podía resistir la presencia de Jesús en la Hostía Santa…En la adoración del Niño, después de la Misa, cantaron un Villancico santidísimo: “Duerme y no llores”, que nunca puedo oirlo sin llorar en la Noche dulcísima…»

Fuí nombrado Profesor del Seminario y poco después Vicerrector, cargo que desempeñé durante 32 años. En este ministerio me enfrenté a las dificultades post revolucionarias de México y comencé mi camino espiritual a través de una intensa y disciplinada vida ascética, de oración, poniendo especial cuidado en la dirección de las almas.

 

Martinez_Rodriguez_LHe de decirles que no fui un hombre bien parecido, más bien todo lo contrario. Era delgado, algo desgarbado, moreno oscuro, de cabello muy crespo y grandes facciones en ojos, nariz y boca; ¿mis orejas…? ¡ay mis orejas….!. Solía decir de mí mismo que “era tan feo que me autoasustaba cuando me miraba al espejo” y, alguna vez que un par de monjitas me pidieron un autógrafo en una revista, en cuya portada aparecía una fotografía mía, escribí simplemente: “No temáis, soy yo”. En fin, ¿qué le vamos a hacer? Ese era yo.

 

Hasta entonces, mi trabajo principal había sido hacia dentro del seminario y hacia fuera la predicación, pero elmm02 acontecimiento de la Revolución me hizo ver la urgencia de organizar a los sacerdotes y a los seglares católicos en el espíritu del Evangelio para responder a la nueva situación social originada por la revolución. En este sentido, fundé la Unión Sacerdotal, la Asociación de Damas Católicas, la Liga de Estudiantes Católicos, la Asociación Juana de Arco para las Señoritas Católicas, la Asociación Nacional de Padres y Madres de Familia y los Círculos de Obreros. En fin, y otras más…

Fueron muchos años los que dediqué, sin abandonar los desvelos por el mantenimiento del seminario, a establecer grupos de la “U” por toda la República: una organización de carácter reservado, cuyos miembros estaban sujetos a una disciplina militar y tenía por finalidad la presencia pública de la fe cristiana en la sociedad y el establecimiento del reinado social de Jesucristo en México. Esta obra se extendió por los diversos estados de la República, sobre todo entre 1917-1925.

Siendo Canónigo de la Catedral de Morelia fué designado Administrador Apostólico de la Diócesis de Chilapa el 6 de noviembre de 1922.

En mis “Apuntes espirituales” de noviembre de 1921 escribí:

Yo seré santo. Desde hoy, 7 de noviembre de 1921, trabajaré seriamente por hacerme santo. Ahora comienzo… Él me va a dar las gracias que necesito para ser suyo… Yo trabajaré por no vivir, sino para Él… Yo casi me he escandalizado en estos días de que Dios me quiera y me conceda gracias especiales siendo yo lo que soy; hasta he tenido un engaño. Ya no me escandalizo, ya no temo. ¿Soy un pecador? Pues por eso mismo Dios me concede su predilecciones, es el Dios de la misericordia y ha querido hacer de mi un prodigio de su misericordia triunfante…”

 

Fui consagrado Obispo Auxiliar de Morelia el 30 de septiembre de 1923, y coadjutor de la misma arquidiócesis el 10 de noviembre de 1934. Tras conocer a Concepción Cabrera de Armida, me uní a las Obras de la Cruz, haciendo votos como Misionero del Espíritu Santo.

mm07El 1º de julio de 1925 le di unos Ejercicios Espirituales a la Sra. Armida, y el día 2 , el Señor, por lo que supe después, le dijo esto que ella dejó escrito en su Cuenta de Conciencia:

“No son casuales estos ejercicios, hija mía, sino providenciales para él  [ se refería el Señor a mí, ¡válgame Dios!] y para ti; mi Providencia los ha arreglado”.

— Para mí, ya lo creo que los necesito, mi Jesús, pero para él, ¿qué?

“He tenido un fin; quiero que trate a tu alma y la mire hasta su fondo, él reportará gracias para la suya. Necesita romper unas cadenas que te detienen, él sabe cuáles son y echarte a volar, aun cuando estés cruzando por un desierto, pero no es lo mismo ir arrastrándose a volar”.

— ¡Ah mi Jesús! ¿Se acabará así, más pronto mi soledad?

“Eso me toca a Mí. Tengo mis fines, como te digo, en este encuentro nada casual”.
Pues benditos el Señor por todo

 

Comencé la dirección espiritual de Concepción Cabrera de Armida en agosto de este año de 1925 y esta duró hasta su muerte, en 1936. El día 14 de este mes de agosto de 1925, estando la Sra. Armida en oración por la noche, el Señor le habló de mí:

— Señor, yo le estoy muy agradecida al Señor Obispo, y por el papel que dices tengo para con él, y por aquella promesa que me hiciste para algunos, te pido para él la gracia de la encarnación mística. ¡Qué te cuesta, Jesús!

— “Yo se la daré en otra forma”, me contestó nomás.

Y acabando de comulgar me dijo:

“Yo se la daré en otra forma de unión Conmigo. Como te dije, él ha sido escogido por Mí entre los hijos predilectos tuyos, pero mi predilección por su alma, ha sido siempre. Yo lo he llenado de gracias muy singulares toda su vida, y te las descubriré por el parentesco espiritual que con él te liga. Dile que tiene que ser santo por justicia, por gratitud y por amor. Esta última gracia de no sólo acercarlo, sino de darle aun la sangre de las Obras que es la Mía, es la más y muy grande: él la sentirá, y si corresponde, experimentará más claros sus efectos”

— ¿Pero qué no es más, eso de la encarnación mística que me has ofrecido?

“Ésa será la derivación de esa misma gracia en un grado culminante de unión Conmigo, pero esto no será luego, porque tiene que crecer en grados de transformación”.

Me volvió a escribir una carta hermosa el señor Obispo sobre la invasión divina y sobre la mirada de Jesús. ¡Oh y qué efecto tan profunda hacen en mi alma las palabras y los consejos de él. Me hace sentir mi Jesús que he comenzado una nueva etapa de vida.

No me deja su presencia, su acercamiento, su calor, su mirada, su ternura y esa invasión que me impregna como que me emulsiona con Él. Una unión tan compenetrativa, como el café con leche, como el agua con azúcar.

¡Oh Dios mío, y qué grande eres! Cómo caber en la pobre creatura.

Y dos días más tarde se dio este diálogo entre Jesús y ella:

— Jesusito mío. Yo no quiero que nomás le des la encarnación mística a aquella alma (se refería Concha a mí) en otra forma de unión Contigo, como me dijiste, sino así, como a mí. ¿Qué acaso en los hombres no es así?

“Nada tiene que ver el sexo, porque se trata de almas, y la comunicación de amor paternal o maternal viene del Padre, y es la misma cosa, porque Él es el principio de donde procede el subido amor de las encarnaciones místicas”.

— Pues dime, Señor, que así se la das, cabal como a mí, porque esa alma, más que yo, te puede dar gloria.

“Pues mira, hija: en el fondo sí, pero en el fin, y en las consecuencias de esa gracia en ti, no: porque al darte esa gracia a ti, la revestí de muchos visos, para las Obras y para mi gloria”.

— Yo estoy triste, mi Jesusito, porque no se la das igual.

“En su esencia sí se la doy igual y esto es lo principal”.

— Pero ¿cuál es esa esencia?

“Pues la unión unitiva y única en su género, aquilatada por los grados eminentes de transformación que Yo también comunico. Con ese color de paternidad se me ama entonces, con el amor del Padre que es el Espíritu Santo y que es el más perfecto amor y manera de amarme, porque en esta grande gracia todo es por el amor, todo está impregnado de ese amor, ¡y de qué amor, hija, del amor fecundo de paternidad!. Para esta clase de amor, hija, se necesitan almas vírgenes porque si bien, procede del Padre, tiene su eco, su reproducción en María. Esta gracia de amor, de las encarnaciones místicas, tiene su vibración, su asimilación en María. Él entenderá, más que tú, la sublimidad de este amor, la profundidad de esta gracia incomparable”.

— Pero, Señor, ¿se la das?

“Se la daré a su tiempo, y por grados, hasta su plenitud, pero esta plenitud, hija, no está en la tierra, sino en el cielo. Dile que su fidelidad debe crecer siempre con la pureza y con el amor. Que no olvide que es hijo predilecto del Verbo, y que, al tamaño del favor, debe ser en lo posible, su correspondencia a la gracia”.

 

spsto01Ya ven. El Señor me estaba preparando con gracias especiales, hasta que el el día de Pentecostés de 1926 me consagré plenamente al Espíritu Santo: ese día hice una donación completa de todo mi ser y una consgración de toda mi vida a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.Ya había entrado el conflicto de la Guerra Cristera y, aunque nunca promovió el levantamiento armado, preferí permanecer en el país durante la guerra, escondido en los hogares familias conocidas. Tras los “arreglos” entre el gobierno mexicano y las autoridades eclesiales, la Guerra Cristera anticipó su fin violento, pero la desconfianza permanecía entre cristeros, gobierno y autoridades eclesiásticas. Entonces hice todo lo posible para entablar un diálogo sereno y pacificador en los niveles políticos más altos, en orden a cambiar los ánimos exaltados tanto de los enemigos de la Iglesia, como de los católicos radicales.

 

Pero, sin yo saberlo, todo esto era una preparación para la gracia que se daría el 25 de marzo de 1927: esta fue la de la Unión Transformante con Jesús. Esta gracia,a jucio de los teólogos y místicos,  es la cumbre del desarrollo normal de laMonsLuisMtz- Unión gracia de las virtudes y de los Dones y el preludio y la preparación próxima para la unión en el cielo. Sin embargo no fue algo repentino, esto no puede ser así, es una preparación que vino desde muy atrás y que paulatinamente se fue gestando en mi vida; tampoco fue nada aparatosa esta Unión entre mi Jesús y yo: se dio en el silencio del fondo de mi alma, en lo más secreto de ella, en lo más oculto, en lo más íntimo…

— ¿Te acuerdas, Jesús, de este día 25 de marzo de 1927? ¿Cómo te entraste en  mi alma? Sin hacer ruido, sin hacerme sentir siquiera tu dulzura, llegaste a este profundo rincón de mi alma del que no has salido y al que yo amo, porque allí estás Tú. Al terminar auqella oración tuve la seguridad plena de que te poseía, la convicción inefable de que eras MÍO. Y mío serás para toda la eternidad, Jesús, ¡mío!…¡mío!… Las bases de esta unión, lo sabes muy bien, fureon dos: tu misericordia y mi miseria. Y las dos son indestructibles: ni Tú has de dejar de ser misericordioso y ni yo he de dejar de ser miserable.

 

Pero el septiembre 21 del mismo año, entré en otro momento consecuencia de la gracia inconmensurable que arriba les he dejado indicada. A partir de ese día, todos los 21 de septiembre celebraría con especial alegría el aniversario de lo que allí se dio:

— No puedo expresar lo que sentí. Quiserie convertirme en algo suavísimo para que pusiera Jesús sobre mí sus plantas para no lastimarlo, quisiera convertirme en ternura para envolverlo, para que no extrañara el seno del Padre, para que siguiera aspirando su divino perfume. Y, — ¡oh dicha!… y ¡oh verguenza!—, vi y comprendí que ese amor, que ese matiz de amor es propio del amor maternal…Recordé cómo me amaba mi mamá…¡No, esa delicadeza es maternal! ¿Es posible que exista en mi corazón? Es el matiz propio del amor de María y de José. Maternal o paternal, viene a dar lo mismo cuando se trata de cosas espirituales. ¡Oh Jesús,  mi Jesús! a quien quiero llevar en mi alma con la delicadeza con que una madre lleva a su pequeño. Oh Jesús, ¿cuándo y cómo tocaste mi corazón?.Hoy tengo un corazón nuevo que arde y que está herido….Para amarte con delicadeza, necesito ser muy puro; estr acostumbrado a vivir en la pureza, a respirar pureza. ¡Báñame de pureza, imprégname de pureza para amarte como quiero y como quieres, de manera delicada y exquisita…¡Jesús, Te amo, Tú sabes como…!

A partir de ese día se desarrolló y expresó en mí una fecundidad espiritual y apostólica inusitadas que yo siempre atribuí a ese nuevo modo de amar a Jesús.

 

Fui elegido para guiar la Arquidiócesis Primada de México el 20 de febrero de 1937. Ví en este nuevo encargo una especie de “misión” que el Todopoderoso me confió a pesar de ser limitado e imperfecto. Escribí a la hermana María Angélica Álvarez, mística y Sierva de Dios, el 9 de septiembre de 1937, como una especie de “plan programático” ante el inminente encargo, la uDe número; Fallecidos; Internetnión con Jesús y cumplir la voluntad de Dios de manera fiel:

— “Me había concedido dos satisfacciones, en las que vi su predilección. Una de ellas está muy relacionada con mis cargos. Pensé que por encima de estas satisfacciones está Él. Por más importantes que sean mis cargos, por trascendentales que sean mis ocupaciones; para mí lo supremo, lo único es el amor de Jesús, nuestro mutuo amor. Sí, mis cargos, mis ocupaciones son algo superficial y secundario; lo profundo, lo esencial es mi unión con Jesús.”

Como Arzobispo de México, me di a la tarea de levantar de nuevo una arquidiócesis arruinada en sus estructuras y en sus costumbres morales. Mis tres claves del inmediato compromiso fueron: 1º) elevar la categoría intelectual y moral de los sacerdotes, mediante el cuidado atento del Seminario; 2º) la organización de los seglares mediante el fomento de la Acción Católica, capaz de formar en la fe y en la piedad a aquellas muchedumbres que buscaban en la Iglesia un motivo de esperanza humana y cristiana; y 3º) favorecer las escuelas católicas en las cuales los niños y adolescentes mexicanos podían recibir los fundamentos de la fe cristiana.

Además me entregué a un servicio pastoral donde nadie quedó excluido. Realicé la visita pastoral a la extensísima arquidiócesis que en aquel tiempo rebasaba los límites de la ciudad, aceptando todas las invitaciones y aprovechando todos los medios de los que dispuse para llegar a la gente, a los pobres y a los ricos, a los obreros y a los empresarios, a los políticos y a los artistas, buscando ser como Jesús, todo para todos, pues era voluntad de Dios anunciar su Palabra sin excluir a nadie. Este darse a todos me ocasionó muchas incomprensiones y calumnias, incluso al interior de mi clero.

 

Sin embargo, lo que me quemaba por dentro era Jesús, mi relación con él. La vida mística era mi alimento cotidiano, la atmósfera donde sólo quería moverme, sin dejar de pisar tierra. Por eso escribía y escribía (más de 30 libros se publicaron), preocupándome sobre todo la formación espiritual, tanto de los sacerdotes como de los laicos.Luis Migurl Dominguín con Mons Martínez- UniónA pesar de mi poco agraciada presencia física, de vez en cuando me echaba mis porras, no se crean. Me encantaba bromear y hablar con desparpajo. Un día, para sacer una sonrisa a los que me acompañaban en un evento, comenté que la Ciudad de México se engalanaba con “tres marías”: “María Félix, María Conesa y ¡Luis María Martínez!”. En otra ocasión, cuando quisieron que bendijera la Monumental Plaza de Toros México, decidí echar agua bendita en todos los rincones de la arena ante el asombro y la inquietud de los presentes; al finalizar simplemente dije a la prensa: “Y que conste que el primero en dar la vuelta al ruedo fui yo”. Me moría de la risa, cuando con esta naturalidad sorprendía a los presentes mientras ellos esperaban la solemnidad de un principe de la Iglesia.Solicité a Su Santidad, Pío XII, suplicándole su autorización para llevar a cabo la coronación de la Guadalupana en la catedral de Notre Dame, en París. El Santo Padre accedió con beneplácNotre-Dame de Guadalupeito, enviando una carta al cardenal de París, el eminentísimo señor don Juan Verdier, dándole la bienvenida al proyecto mexicano; sin embargo, el estallamiento de la guerra en Europa detuvo la coronación. No sería sino hasta 1948, cuando una vez pasada la guerra, el nuevo arzobispo de París, don Emmanuel Suhard, se dirigió me escribiónpara retomar los planes originales; así, se señaló el 26 de abril de 1949 para llevar a cabo la tan anhelada coronación. Como es evidente, la coronación de la Santísima Virgen de Guadalupe en Notre Dame fue un acontecimiento histórico de gran relevancia, que dio como resultado la propagación de la devoción guadalupana en Europa, a través de Francia.

 

Al final de mi vida fuí víctima de esclerosis intestinal y una úlcera gástrica grave. El jueves 1º de febrero de 1956 celebré mi última misa y casi no pude terminarla por las hemorragias intestinales que comenzaron días antes.  Mi queridísimo amigo, Monseñor Ruis Solórzano, me dijo sin rodeos que había llegado el fin. Lo recibí con entereza.

Ejercí mi ministerio con amor hasta que pasé a la casa del Padre el 9 de febrero de 1956.   Entonces, me sumergí en el Océano del Amor Infinito para toda la eternidad. Fuí sepultado en la Capilla de los Arzobispos de la Catedral de México.

 



 

 

Misioneros del Espíritu Santo Morelia

Una de las figuras más notables de la Iglesia y del país en el siglo XX. Místico, escritor, orador, filósofo y teólogo sobresaliente, excelente director espiritual, acompañó a dos grandes místicas del siglo XX: Angélica Alvarez Icaza y Concepción Cabrera de Armida. Al mismo tiempo sus virtudes políticas se acrisolaron en los trabajos a favor de la presencia pública del catolicismo, en los tiempos posteriores a la persecución religiosa y de modo particular en sus casi 19 años como Arzobispo de México.

El Papa Pio XII lo calificó como “hábil y diligente Pastor de la Iglesia Mexicana”. Por sus méritos como orador y escritor fue Miembro numerario de la Real Academia de la Lengua Española, y Encargado de Negocios de la Santa Sede.

El 9 de febrero de 1945, después de pasar los últimos años en el dolor de la enfermedad y en la soledad de algunos de sus amigos, falleció en la Ciudad de México, siendo sorprendente el reconocimiento popular en sus funerales y llamado “pacificador de la sociedad mexicana”. Su proceso de canonización inició en 1985.

Él fue, al contacto con Concha y el P. Félix, uno de los más importantes estudiosos y difusores de la Espiritualidad de la Cruz. A su vez, como teólogo le dio luz y sentido eclesial a muchos aspectos de la misma. Ponemos como ejemplo un texto fundamental:

“Siempre he creído que la Cruz del Apostolado es el símbolo de la vida espiritual de las almas de la cruz y especialmente de su alma, y desde 1894, el Señor simboliza en esa Cruz, el plan divino acerca de la vida espiritual de Ud. [se refiere a la Sra. Armida]: Le dijo que entrara en Jesús primero, después que penetrara en su Corazón, y que después de pasar el Océano de amargura que ese Divino Corazón encierra, llegaría a la Cruz interior, y que arriba de esa Cruz interior, solamente está el Espíritu Santo, y que en Él se consumaría su vida, esto es, en la unidad del amor que es el Espíritu Santo”