Félix de Jesús Rougier

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1 Mis padres

059 (1877) en familiaNací en la Provincia de Auvernia, en el Centro de Francia, el sábado 17 de Diciembre de 1859. Ahí vivieron y murieron mis padres, los dos cristianos devotísimos, los dos trabajando mucho para hacernos instruir a los tres hermanos que fuimos. Todos los años, en la noche del jueves al viernes santo, [mi madre] iba a la Parroquia, en donde había pocos adoradores, y pasaba ante el monumento la noche íntegra con los brazos en cruz ante el Santísimo Sacramento. Después de su muerte varias personas me lo han contado, indicándome que esto era gran edificación para la Parroquia. Deseó mucho la vida religiosa, y cuando se casó mi tercer hermano (siendo los dos primeros sacerdotes), resolvieron mi padre y mi madre, entrar a la vida religiosa en la Orden de San Benito, sin duda por la grande amistad que tenían con el Reverendísimo Padre Abad de Nuestra Señora de Aiguebelle (Agua hermosa) que venía a pasar todos los años algunos días con ellos, a la Hacienda. Días empleados en descansar y hablar de Dios.

Poco tiempo después (estando yo en las Misiones de Colombia), se murió mi madre en cinco días de pulmonía fulminante, a causa de un aire que recibió al ir a visitar a mi hermano Estanislao, que estuvo entonces a punto de morirse, habiéndola llamado en una noche de crudo invierno.  Entonces mi padre, dio la hacienda a dicho hermano, que se alivió. Se hizo construir dos celdas parecidas a las del Monasterio y comenzó a llevar una vida eremítica, durante veintiocho años: desde los sesenta años, hasta los ochenta y ocho.

Tuvo, mi padre, varias manifestaciones de Nuestro Señor de las cuales fui yo el único confidente, dando gracias a Dios a la unión íntima, a la cual Dios llamó, a esa alma tan penitente, y que trabajó tanto para unirse a Él. Murió, como mi madre, muy santamente, repitiendo durante las tres últimas horas de su vida en alta voz, la segunda parte del Avemaría, ante toda la familia reunida a los pies de su pobre lecho, y expiró.

 

2 Mi vocación marista

y levanté la mano2En el Seminario éramos cuatrocientos alumnos: Monseñor Eloy nos reunió en el patio principal, ante una hermosa imagen de la Santísima Virgen; y ahí reunió todas sus fuerzas, para hablarnos con fuego, de las Misiones de la Oceanía, en donde había todavía tantas Islas, algunas muy pobladas, que nunca habían sido visitadas por un misionero; y al fin de su alocución, ya como extenuado dijo: «¿Quiénes de vosotros me quieren prometer ahora venir a ayudarme a salvar a esas pobres almas? Levanten la mano». Yo miré en torno mío, sin que ninguna mano se levantara; sentí interiormente un movimiento irresistible, y me determiné en un segundo, a irme con el Obispo misionero, y levanté la mano. A los dos meses ya tenía permiso de mis padres, para irme al Noviciado de los Padres Maristas, que mi padre visitó antes, conmigo, para darse cuenta en lo posible de lo que era esa Congregación de Misioneros. Me separé de mis padres después de recibir su bendición, y a las seis de la tarde llegué a Lyon y me dirigí a SainteFoy, «Santa fe», en donde estaba la Casa de los Padres Maristas y el Noviciado.

 

3 Cruz terrible y curación

El noviciado duró un año; a los dos meses de estar en él, un dolor agudísimo en la muñeca derecha, sin haber ninguna señal exterior, se dejó sentir constantemente. Me llevaron al Doctor, el cual dijo que se necesitaba una operación para salvar la mano. Me quemaron toda la muñeca inflamada con hierro candente. NP2Concluí el noviciado, y al año hice el voto de obediencia teniendo entonces diecinueve años y medio. Luego me mandaron los Superiores de profesor al Colegio nuestro de Tolón.  Ahí me siguieron curando de la muñeca, casi sin ningún resultado, con dolorosísimas curaciones. En aquel tiempo, 1880, Don Bosco fue a Tolón para hacer ahí una fundación (La Navadon_bosco51[1]rra) y tenía ya por toda Francia, la reputación de hacedor de milagros. Como mi madre era cooperadora de las Obras Salesianas, escribió al Reverendo Padre Superior de la Casa en donde yo estaba, incluyéndole una cartita para Don Bosco, suplicándole que me bendijera y pidiera a Dios la curación de mi mano, para que pudiera llegar a ser sacerdote. Me recibió el santo; me interrogó,  se sonrió, y me dijo que me arrodillara delante de él para darme la bendición. Me arrodillé; me puso las dos manos sobre la cabeza apoyándolas fuertemente durante algunos minutos, y por la intercesión de Don Bosco, quedé repentinamente curado, sin necesidad de recurrir más al médico. Pocos días después, estando yo en la Catedral de Tolón, con el Padre Coperé (futuro Procurador General de la Sociedad de María), nos íbamos a retirar después de oír el sermón de Don Bosco, 002 (1889) Profesor S.Ecuando el Padre me dijo: «Vámonos cerca de la puerta de la Sacristía para verlo más de cerca» (a Don Bosco). El santo iba a entrar a la Sacristía, cuando repentinamente se desvió, y sin mirarnos, vino directamente cerca de nosotros y me dijo a mí: «Dios le hará ganar muchas almas» y se volvió para entrar a la Sacristía. El Padre Coperé me miró muy extrañado, y más tarde, me ha recordado varias veces, esa profecía de Don Bosco, mientras éramos profesores juntos, en la Escuela de teología de Barcelona. En 1884 me mandaron a Barcelona a cursar teología (habiendo estudiado filosofía después del Noviciado en Belley, límites de Suiza). Ahí estudié tres años teología, dedicando todos mis momentos libres a estudiar la Sagrada Escritura y el hebreo. Siendo aún estudiante pasé a ser profesor de Sagrada Escritura y, por fin, el 24 de septiembre de 1887 fui ordenado sacerdote en Lyon, Francia

 

4 Destinado a Colombia

Fui, en 1895, destinado a Colombia, donde pasé seis años, primero en Neiva y después en Ibagué, donde, junto con009 (1898) Colombia otros padres maristas atendíamos la formación en los colegios que nos asignaron. Cuando estalló una guerra civil tremenda, fue el fin de todo. El Gobierno cerró los Colegios, y nosotros ayudamos al Gobierno legítimo de cuantas maneras pudimos. Fui nombrado Capellán del Ejército, y partía con las tropas y cuando volvía a Ibagué, me ocupaba con los Padres de los hospitales, llenos de soldados heridos que confesábamos y consolábamos. Fui nombrado Vicario General interino del Señor Rojar, obispo de Ibagué, y traté de muchos asuntos que me dieron amor y profunda compasión de los sacerdotes de aquellas regiones tan solos y abandonados, expuestos a mil peligros. Sentía por los sacerdotes más y más cariño.

 

5 Y, por fin….: ¡México!

Dada la situación tan insoportable en Colombia, el P. General nos mandó a todos los padres maristas a México. Así que a pricipios del el año  de 1902 arrivamos a tierras mexicanas por el puerto de Veracruz. Estuve un tiempo en Puebla y cuando estaba a punto de salir para Oaxaca, mi nuevo destino, me cambiaron repetinamente de lugar y fui destinado como Superior de la Iglesia francesa de México, nuestra Sra. de Lourdes. El 3 de Febrero de 1903, dijo el Señor a Conchita: «Vé al templo del Colegio de Niñas a hablar con el Superior, tengo mis designios en esa alma». Estaba yo desde una semana antes haciendo una novena al Espíritu Santo, pidiéndole un camino de mayor perfección, un cambio de rumbo en mi vida para ser más de Jesús. El día cuatro estaba yo para salir a la calle, pero un afuerza interior me retenía. Por tres veces intenté salir y otras tantas me había sentido detenido, cuando el sacristán me llamó al confesonario: me avisó que una señora me estaba esperando en el confesonario.  Era la señora Concepción Cabrera de Armida, que fue el instrumento de Jesús para llamarme a participar de las Obras de la Cruz. Conchita come011 (1904) Marista con Cristonzó entonces a confesarse; me había dicho antes que al venir de la casa de su mamá se bajó del tren de Santa María, sin pensarlo, en la bocacalle del Colegio de Niñas (a unos cincuenta metros del templo). En vano intentó varias veces subirse otra vez en los tranvías de Santa María, sintiendo el impulso de ir al templo a confesarse, a pesar de haberlo hecho esa misma mañana en Santo Domingo.IMG_0220 B (2) Al fin triunfó Nuestro Señor y Conchita entró al templo del Colegio de Niñas, en la Capilla de Nuestra Señora de Lourdes, llamando con el timbre que estaba cerca del confesonario. Bajé luego y me senté. Después de algunas palabras, Conchita comenzó a hablarme de mi alma durante dos horas, de diez a doce, segura de sí misma y como si Nuestro Señor la inspirara, de todo mi interior, diciéndome lo que en mí no le gustaba (sin habernos conocido nunca) y algunas otras pocas cosas que le gustaban.  Yo sentía en mi alma claramente la verdad de las cosas que se me decían, y esto mismo me dio confianza en mi nueva penitente. Luego que Nuestro Señor me dio así a conocer que le debía tener confianza, me comenzó ella a hablar de las Obras de la Cruz (entonces solamente estaba fundado el Apostolado de la Cruz y las Religiosas de la Cruz). Me habló del espíritu propio de estas Obras, y de repente, me pareció tan hermoso, que me vino al pensamiento la idea de la Congregación de hombres que fuera hermana de las religiosas de la Cruz.De repente dije a Conchita:

— ¿Hay un Oasis de hombres?

— «No —me contestó—, pero lo habrá porque Nuestro Señor ha dicho que después de aprobado el de mujeres, se fundaría el de hombres, ambas cosas en favor de los sacerdotes».

Me habló así de diez a doce, y finalmente quedamos de hablar por la tarde y me dio su dirección.  En esta conversación de dos horas de por la mañana, mi vida se orientó, aunque vagamente, por la voluntad de Dios, hacia otros horizontes, teniendo constantemente a la vista ese ideal de pureza, de sacrificio amoroso, de caridad y de sencillez, que constituye el fondo del espíritu de las Obras de la Cruz. Seguí hablando con alguna frecuencia con Conchita, y empecé a predicar a las religiosas de la Cruz. Fundé sin demora el Apostolado de la Cruz en el Colegio de Niñas y a los dos meses tenía casi mil socios y socias; al mismo tiempo fundé un periódico que se titulaba «La Cruz» para propagar las doctrinas propias del espíritu.

 

6 Llamado a fundar a los Misioneros del Espíritu Santo

El Jueves Santo de ese año 1903, llegó Conchita al confesonario a las seis de la mañana, de parte de Nuestro Señor, a decirme que Él me había escogido para fundar a su tiempo el Oasis de hombres. Vino Conchita después de haber luchado varios días (temiendo engañarse, pero intimada por Nuestro Señor para que se venciera), a decirme esta voluntad de Dios para tan grande Obra.

«¿Qué temes? —le dijo Nuestro Señor a Conchita—, ¿por qué te resistes a dar ese paso tan trascendental, pero que es mi voluntad, si todo se hará según la obediencia? Véncete y no temas, que esta alma es la escogida para fundar esa Obra del Oasis de hombres en favor de mis sacerdotes».

Conchita, ya arrodillada en el confesonario, vacilaba en decirme la voluntad de Nuestro Señor, diciéndome nomás, que no creyera lo que me iba a comunicar. Yo le contesté:

— «Hace días que yo siento en mi corazón lo que me va a decir; se trata del Oasis de hombres; y yo siento que Nuestro Señor me llama por ese lado. Pero no tema, todo se hará por obediencia y voy a escribir a mi Reverendo Padre General para ir a hablarle y pedirle los permisos necesarios para la fundación».

Me quedé un año entero preparándome y consultando a varios Obispos y Superiores de religiosos: al Señor Delegado, Monseñor Serafini; al Ilustrísimo Señor Alarcón, Arzobispo de México; a Monseñor Ibarra, Arzobispo de Puebla; a Monseñor Ortiz, Arzobispo de Guadalajara; a Monseñor Leopoldo Ruiz, Obispo de León; al Señor Canónigo [4r] Secretario de la Mitra, Emeterio Valverde; y a varios Superiores y Provinciales de religiosos, conocidos por su piedad y por su ciencia: Reverendo Padre Veres, Societatis Jesu; Carmelo Blay, Operario Diocesano; a los Reverendos Padres Cepeda y Prat, del Corazón de María; al Reverendo Padre Provincial de los Dominicos, etc., etc., y todos dijeron que ese llamamiento era de Dios, que siguiera por los caminos de la obediencia y que Dios Nuestro Señor ayudaría en todo, para que se cumpliera su santísima voluntad.

 

7 Viaje a Francia

Un año después, 1904, el Viernes Santo, me comunicó Conchita que era voluntad de Nuestro Señor que escribiera ese mismo día a mi Reverendo Padre General, pidiéndole permiso para ir personalmente a hablar con él y consultarle esa gravísima cuestión de la fundación del Oasis de hombres. Así lo hice, de rodillas… Me contestó luego, dándome muy amablemente el permiso que yo le pedía, y después de arreglar los asuntos de mi cargo, me embarqué en Veracruz el día 16 de Julio, fiesta de Nuestra Señora del Carmen, llegando a Francia en los primeros días de Agosto de 1904. Inmediatamente fui a hablar con el Muy Reverendo Padre General de la Congregación de los Maristas, Antonio Martin. Me recibió muy paternalmente, y me escuchó varias horas cada día, durante una semana. Le referí todo lo que había dicho Nuestro Señor desde el 4 de Febrero del año precedente, y tuve la impresión de que quedó convencido del llamamiento de Dios para fundar la nueva Congregación. Pero el Señor,  tenía otro planes…tenía reservado el “cuando” A los pocos días me dijo el Superior General:

— «¿Ha venido usted a obedecer?»

— Sí, Reverendo Padre, y si me dice usted que no vuelva a pensar voluntariamente en ello, siento que obedeceré con la gracia de Dios; y si su Reverencia me manda ahora a las Misiones de la Oceanía, me embarcaré el día que usted me diga. Entonces se levantó el Reverendo Padre General y me dijo:

—«Le voy a leer este papel (que cogió de su mesa); lo escribí, para estar más seguro de mis expresiones y para que usted lo guarde para recordar mejor mis órdenes, y atenerse más fielmente a la voluntad de Dios».

Y en ese papel estaba mi cruz que abracé con toda el alma. Ahí se me decía que no tenía el permiso para fundar la nueva Congregación; 012 (1907) Barcelonaque me iba destinado a Barcelona; que se me prohibía terminantemente comunicarme con la Sra. Armida, ni directa ni indirectamente, ni por persona interpuesta, ni de cualquier otra manera; que si recibía alguna carta suya debía quemarla de inmediato; que no escibiera a ningún obispo mexicano, ni a Roma. Sólo me permitieron escribir a Conchita para comunicarle estas noticias y despedirme. Recibí, por la gracia de Dios, esas órdenes con docilidad y plena tranquilidad de espíritu, por más que dolieran a mi naturaleza. Y así comenzó mi martirio en el que me dejé clavar en la cruz con mi Jesús. Así lo quería Él, así lo quería yo. Jesús ya había dicho a Concha ese mismo año: «que él escriba a su Padre General, lo demás lo haré yo». Y yo creía profundamente en esas palabras: «…lo demás lo haré yo» Pasaron diez años, en que desde México se hacían mil gestiones con mis superiores y con Roma, de las que yo, naturalmente, estaba totalmente al margen, pues en la obediencia estaba mi delicia. Ni en un punto me separé de ella, y aunque en mi corazón había un latido enorme por las Obras de la Cruz, mi fe y adhesión a Jesús me impulsaban a abrazar la voluntad de Dios expresada a través de mis superiores. Esperaba, en silencio, contra toda esperanza. Por fin, me otorgaron el permiso, gracias al trabajo incansable, sobre todo, de Mons. Ramón Ibarra, arzobispo de Puebla, que batalló haciendo lo posible y lo imposible para que la voluntad de Dios se cumpliera. Gracias a su intercesión y a su heroica entrega (pues estaba muy enfermo de una llaga terrible y con muchísimos dolores), SS el Papa, Pío X,  después de haber conocido personalmente a Conchita (que viajó con Monseñor a Roma) dio el tan ansiado permiso el 18 de diciembre de 1913. El mismo Papa decidió que los religiosos de esta nueva Congregación se llamaran «Misioneros del Espíritu Santo, dado que su principal misión sería la de ser directores espirituales y esta misión es la misma que tiene el Espíritu Santo: santificar a la almas»

 

8 En la agonía de la nación

Veracruz 1914Llegué al puerto de Veracruz, por fin, el día 14 de Agosto. De muy lejos ya había yo visto las montañas de México dominadas por la cima nevada del majestuoso volcán de Orizaba. ¡Lo que mi corazón sintió por fin al ver la «tierra prometida», no lo podría explicar! Me encontré con el Ilustrísimo Señor Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, que debía embarcarse para la Habana en el mismo Vapor en el que llegué. Le conté en pocas palabras lo que me había pasado desde que no nos veíamos (diez años) y que venía entonces, con el permiso de la Santa Sede y de mis Superiores, a fundar la nueva Congregación. El Ilustrísimo Señor me dijo:

— «Padre, ahora no estamos para fundar nada, ni siquiera para trabajar; casi todos los Obispos están escondidos o fuera de la República. Véngase conmigo a la Habana; ahí yo le ayudo. Ahora es la agonía de la Nación».

— «Monseñor —le contesté—, supe, hace diez años, que dijo Nuestro Señor que esa nueva Congregación se fundaría en la agonía de la Nación…»

Se quedó un momento en silencio y me dijo:

— «En verdad, es una locura, humanamente hablando, querer empezar ahora una obra de esa naturaleza; pero, habiendo dicho Nuestro Señor esa palabra, vaya en paz, porque de veras, la Nación ya está agonizando».023 (1925) Con habito

Esc03 BRAsí pues, el 25 de diciembre de 1914, en la Capillita de las Rosas, en el cerro del Tepeyac, en los brazos de Ntra. Sra. de Guadalupe, con muchas similitudes espirituales sobre el misterio de la Navidad. Ahí, ocultos por la persecución religiosa, estábamos: Mons. Ibarra, dos Religiosas de la Cruz, un matrimonio amigo que nos prestó la capilla, el jóven Moisé Lira (¡el primer novicio!), la Sra. Armida, y yo. Mons Ibarra en su homilía nos habló de que en este día nació Jesús 1914 años atrás; de que aquí también nació, por decirlo así, la imagen de Ntra. Señora de la tilma de Juan Diego, porque era este el lugar preciso donde  le dio la Virgen María las rosas; por fin, en este día nacía, así mismo, esta pequeña Congregación. Todos conmovidos en un mar de lágrimas ¡Cuántos sufrimientos! ¡Cuántas lágrimas! ¡Cuántas esperanzas! Por fin se cumplía la voluntad de Dios. ¡Cuánto le debemos los Misioneros del Espíritu Santo a Monseñor Ibarra!

 

9 Mi paso a la casa del Padre

  Después de una vida fecunda de trabajos, fundaciones, crecimiento y esperanzas, pasé a la casa del Padre el 10 de enero de 1938, uno de mis hijos relató así ese momento: «Llegó el domingo 9 de enero. A las 7:00 de la noche fuimos convocados urgentemente a la cabecera de la cama donde yacía el P. Félix. Después de alocada carrera, serpenteando entre el abigarrado tráfico que ya en aquellos tiempos solía acumularse a tales horas en las avenidas de la Capital, llegamos a Niños Héroes 150, e irrumpimos en el cuarto número 12 del Hospital Francés. Nuestro Padre yacía con el rostro lívido hacia el cielo, la frente perlada de sudor frío, la respiración anhelante, entrecortada a intervalos por terribles accesos de tos, seguidos de prolongado y desgarrador lamento… No cabía duda: ¡Nuestro Padre agonizaba…! Nos quedamos en silencio, petrificados; algunos lloraban… A la cabecera del enfermo estaban el P. Ángel Oñate, el P. Edmundo Iturbide y el fiel servidor, Hermano Agustín Lira. Pasados algunos momentos, viendo el P. Vicario General que había ya un buen número de religiosos, se acercó a oído de Nuestro Padre y le dijo:

Padre mío, está aquí un grupo de Misioneros de Espíritu Santo. Hay entre nosotros miembros del Consejo General, Sacerdotes, Hermanos Estudiantes y un Hermano Coadjutor.10 Somos los representantes de todos los Misioneros del Espíritu Santo presentes y futuros. Queremos recibir su bendición y sus últimas recomendaciones. ¿Qué nos aconseja, qué nos recomienda para el futuro?

Siguió un largo intervalo de silencio. Creíamos que no habría respuesta. ¿Qué podía responder Nuestro Padre? Un agonizante no habla, no tiene aliento para pronunciar una sola palabra, no puede ya pensar. Si hasta parecía cruel pedirle una respuesta cuando era presa de terribles sufrimientos y apenas le quedaba un hálito de vida… Pienso que en tales circunstancias asistió palpablemente la fortaleza divina y la luz del Espíritu Santo para iluminar la mente de quien había sido siempre su dócil instrumento porque en aquel solemnísimo momento sonó pausada y clara la voz del gran patriarca que se despide de sus hijos:

— La devoción al Padre, que lo amen como Jesús lo amó: que puedan decir como Jesús: hago siempre lo que es de su agrado.

Después de los años, aquellas palabras del Padre Félix siguen resonando en los oídos y en el corazón de sus hijos con la solemnidad de un testamento perenne. ¡Que filial ternura, qué inmenso corazón de hijo tenía el P. Félix, que en los últimos momentos de su vida, como exprimiendo la quintaesencia de su alma, haciendo a un lado sus dolores y angustias, recoge todas las fuerzas que aún le quedan para decirles: «Amen al Padre, amen al Padre como Jesús lo amó…» No podía habernos dejado un testimonio más patente de que su vida se había gastado y se estaba extinguiendo en un solo anhelo: ¡el amor al Padre Celestial! Después de unos momentos, prosiguió el diálogo:

— Padre mío, le pedimos perdón en nombre de todos, por lo que lo hemos hecho sufrir y por todas las penas que le hemos ocasionado.

 El P. Félix contestó:

— No tengo qué, no tengo de qué…

Era un eco de aquella palabra de Cristo desde la Cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen». Tal vez en esos momentos pensaba Nuestro Padre que nuestras rebeldías, rivalidades y contradicciones habían sido fruto solamente de ignorancia y de inexperta juventud… Prosiguió el P. Vicario:

— ¿Qué virtudes nos recomienda especialmente?

— Humildad… sacrificio… abnegación, abnegación, abnegación…

             Sí, humildad y sacrificio… Pero ¿por qué tres veces abnegación? Dicen que en los últimos días de su vida, el P. Félix había recibido luces especiales de Dios sobre el olvido de sí mismo, que se realiza precisamente por la abnegación, cuando no cuentan ya los intereses personales, el bienestar, los deseos o los caprichos de uno mismo, sino sólo los intereses de la gloria de Dios. Sí, abnegación, abnegación, abnegación: era cabalmente lo que en esos momentos derrochaba el P. Félix, olvidándose de sí mismo para atender a la gloria de Dios en sus hijos. Tal vez por eso agregó espontáneamente:

— Yo ofrezco mi vida por la unión de todos los Misioneros…

Esta palabra fue como un dardo para el corazón de todos los presentes. El P. Vicario, haciéndose portavoz de todos le respondió con viveza:

— Padre, le prometemos trabajar por la unión de todos los Misioneros de Espíritu Santo: hasta el presente vivimos todos muy unidos.

Lo sé —respondió Nuestro Padre—… Lo sé y es para mí un gran consuelo

  Aquí intervino el P. Manuel Hernández, quien gozaba ininterrumpidamente de la presencia amorosa de la Virgen Santísima:

— ¿Y para la Santísima Virgen, qué nos dice, qué nos recomienda para Ella?

— Con Ella, todo… sin Ella, nada…

 Parecía que ésta había sido la última palabra de Nuestro Padre y que él quedaba tranquilo dejándonos en el regazo de María. Sin embargo, pasados breves instantes, volvió a insistir:

— Ante todo la unión… que todos sean uno como Yo y el Padre somos uno .. Sufro mucho, pero, lo ofrezco todo a Dios…

¡Qué maravilloso paralelismo! Cuando Cristo se despide de los suyos en la última cena, manifiesta una inquieta preocupación por la unión de sus discípulos, los que estaban allí presentes y todos los que en el futuro habrían de creer en Él. Cristo eleva al Padre su oración sacerdotal por la unión de todos los cristianos, oración de suprema eficacia, avalada por la Sangre de la Divina Víctima que pronto habría de ser derramada…. Ahora, el P. Félix en su agonía, ofrece su vida y sus dolores por la unión de sus hijos presentes y futuros… Pero la unión de los hijos del P. Félix, al igual que la unión de los cristianos habría de lograrse, no como el don gratuito de una gracia consumada, sino como el fruto maduro de una ardua lucha contra el egoísmo, en el contexto de aquella «abnegación… abnegación… abnegación…» Nuevamente tomó la palabra el P. Vicario:

— Padre mío, le damos las gracias en nombre de toda la Congregación por todo lo que ha hecho por nosotros, por todos los trabajos y sufrimientos que le hemos costado.

El Padre Félix contestó pausadamente:

— Nuestro Señor lo ha hecho todo.

Siguió largo silencio. Teníamos la impresión de haber escuchado un eco de aquella palabra de Jesús, cuando en los últimos instantes de su vida terrena, dijo: «Todo está consumado…» Terminaba ya la vida del P. Félix y él pronunciaba la palabra de suprema satisfacción del que ha terminado la tarea. Con esa palabra quería indudablemente borrar todo lo que a él pudiera atribuirse, dejando para Dios íntegramente la gloria de su obra; pero, sin pretenderlo, hizo el más grande elogio de sí mismo. Porque, en los años lejanos de su vocación a las Obras de la Cruz, Nuestro Señor había dicho de él: «Que el Padre Félix se me entregue por completo y Yo haré lo demás…» Ahora el P. Félix dice: «Nuestro Señor lo ha hecho todo…» Sí, todo, todo… el P. Félix no ha hecho nada… jamás ha empañado con su voluntad o su iniciativa humana el gran proyecto de la Obra de Dios… Nuestro Señor lo ha hecho todo… Ésta fue la última palabra de su testamento espiritual. A continuación, con mano temblorosa trazó sobre nosotros su gran bendición de patriarca:

— Que la bendición de Dios ominipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo desdcienda sobre ustedes…. y permanezca para siempre…

Enjugando nuestras lágrimas nos fuimos acercando a besar su mano y a recibir de sus labios una última palabra personal que cada uno guardó en su corazón como tesoro inviolable. Luego, salimos en silencio a esperar durante aquella interminable noche el desenlace fatal. Por todo el corredor del Pabellón se escuchaban los accesos de tos y los desgarradores lamentos del moribundo, mientras el P. Ángel repetía a su oído las últimas palabras de la Salve «Eia, ergo, Advocata nostra: illos tuos misericordes oculos ad nos converte: O Clemens, O Pia, O Dulcis Virgo Maria…! Amaneció el 10 de enero frío y brumoso; diríamos que la naturaleza lloraba con nosotros y volvía más densas las nieblas que llevábamos en el alma. A las 9:00 de la mañana, era ya una multitud la que rodeaba a Nuestro Padre junto al lecho de su agonía. No había poder humano que detuviera a tantos hijos e hijas que anhelaban estar en torno al amado Padre y recibir con el corazón su último suspiro. A los pies de la cama, uno de sus hijos sostenía ante los ojos del moribundo una imagen de la Virgen de Lourdes. En ella fijaba Nuestro Padre sus miradas de indecible angustia, como pidiendo ayuda a esa Madre que tanto había amado y a cuyos pies había derramado sus cuitas millares de veces. Por fin, minutos después de las 10:00 de la mañana, exhaló lentamente su último suspiro. Los circunstantes, entre lágrimas, recitaron con voz entrecortada las preces que el mismo P. Félix había prescrito para tales circunstancias: el Te Deum y el Magníficat, plegarias clásicas de acción de gracias; porque, como él había dicho, la obra del Misionero ha terminado y conviene que salga de este mundo alabando a Dios y dándole gracias en unión de sus hermanos». (Narración del P. José Guzmán Ponce de León, M.Sp.S., testigo ocular de los acontecimientos). 055 (1938) 11-ene feretro 2 Pues esta ha sido mi vida, contada rápidamente y omitiendo muchas cosas importantes. Hubiera querido extenderme y narrarte un montón de cosas más, pero tal vez este no es el mejor espacio para ello. A ti que lees estas palabras, reza por nosotros, por todos los Misioneros del Espíritu Santo, los del cielo y los de la tierra. Que todos seamos uno como nuestro Padre Dios y Jesús son uno. Que todos los que están aún en la tierra cumplan con la misión que el Señor nos ha confiado: ser Misioneros del Espíritu Santo. En nuestro propio nombre está contenido el plan de toda nuesra vida religiosa y sacerdotal.

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