Dios misterio o dios enigma

Misioneros del Espíritu Santo Morelia

P. Eduardo Suanzes, msps

Dt 30, 10-14
Sal 68,14.17.30-31.33-34.36ab.37
Col 1,15-20
Lc 10, 25-37

Les voy a explicar la diferencia existente entre un enigma y un misterio[1] porque el tener claro estos conceptos es de vital importancia para entender lo que la Palabra hoy nos quiere decir en este XV domingo del Tiempo Ordinario.

El enigma es aquello que no quiere ser descubierto. Precisamente por eso es enigma; su esencia radica en no ser penetrado; en el momento que es adivinado, descubierto, pierde todo su sentido y desaparece. Se convierte en insignificante, que eso es lo que quiere decir perder el significado. Se mantiene como enigma mientras no sea penetrado: esa es precisamente la razón de su ser.  Es frío…, duro…, rígido…, metálico…, distante…, oculto…, y cuando más impenetrable es,  más grande y abrumador se presenta ante nosotros. Lo comparo con un mar, más o menos grande que quiere convertirse en un océano infinito sin fondo y sin riberas; sin embargo ese mar, pequeño o grande, ese océano, es de aguas congeladas en toda su extensión, tanto en su superficie como en su interior. Es impenetrable, no  deja ver su interior por mucho que lo intentes. Y si te lanzas a él te romperás la cabeza con más o menos daño para tu integridad física dependiendo de tu insistencia: a más intensidad, más daño para ti.

El misterio, sin embargo es la realidad que quiere ser descubierta. Su esencia te invita a penetrar en él. Quiere ser revelado…, es más, ¡se revela a sí mismo!, y en esto radica su sentido. Cuanto más es penetrado más se revela a ti y en esto radica su esencia. Es cálido…, dúctil…, blando…, amigable…, cercano…, abierto…, firme…, y cuanto más es penetrado más cálido y cercano se presenta ante ti. Yo lo comparo con un océano inmenso, de aguas cristalinas y acogedoras, que no tienen fondo ni riberas. Sus aguas son transparentes, frescas y contienen tesoros inimaginables que quieren ser poseídos por ti, desean ser poseídos por ti. La obsesión, por decirlo así, de ese océano es que te lances a sus aguas transparentes como el cristal para que descubras todos sus secretos, para que te enriquezcas con sus tesoros que te esperan. Al sumergirte en sus aguas, ellas mismas te llevan a la experiencia del hogar, de la pertenencia, de la plenitud, de tu sentido, de tus anhelos más profundos satisfechos. El misterio, cuando te acoge en su interior,  te hace experimentar que tú tienes sentido solo en él, porque en su interior descubres  quién eres en realidad. Es inagotable, y conforme penetras  más y más, más y más tesoros inimaginables posees.

La única condición para entrar en él es la de que confiadamente te arrojes a sus aguas, más allá de tus seguridades personales; más allá de sus deseos por controlar la situación. Lo único que te pide es que saltes; que dejes la ficticia seguridad de la roca exterior donde te apoltronas, la que controlas, la que conoces bien. Esa roca del ficticio encanto de la vida regalada que la sociedad actual propone como máxima expresión de la felicidad; que te presenta el misterio como un rollo teatral y aburrido propio de perdedores, viejas y curas desencantados y apartados de la vida real, porque la vida real es tu roca; la roca de la prisa, del beneficio a corto plazo, de la velocidad y del placer inmediato, no importa que sea fútil. Esa vida en la que tú eres el centro y en desde la que se realizan todas las medidas y cálculos. Esa roca exterior al misterio es mi roca. Esa roca tiene nombre propio y eres tú mismo.

Hemos rezado con el Salmo Responsorial: “Escúchame, Señor, porque eres bueno”.  Eso es verdad, Dios siempre escucha y siempre lo hace porque es bueno. Pero cuando vivimos a dios como enigma, como mar congelado,  y rezamos esta maravillosa oración, nos quejamos de que Dios no nos escucha cuando no obtenemos respuesta. «Yo le rezo, le rezo, con insistencia, pero no me escucha; ¡vaya Dios que es ése que deja pasar lo que pasa y no da respuesta a mis preguntas!». ¿Pero cómo va hacerlo si nuestro dios es un enigma, un mar congelado? El misterio te pide que saltes, que dejes tu roca. Eso es todo. Es un salto a lo desconocido.

Salto_al_vacioEsto exactamente es lo que se propone en la primera lectura. La relación con Dios puede vivirse  considerándolo como un misterio o como un enigma. (¿Cómo lo vives tú, por cierto?) Porque a veces parece que vemos a Dios como enigma y el decálogo, por ejemplo, lo vemos como normas impuestas arbitrariamente por un legislador envidioso de nuestra roca personal de la libertad. En ese momento el mar ante nosotros es un mar congelado. O, a veces, pensamos: «Uf, menudo rollo; eso del evangelio está tan lejos de la realidad como distantes están las galaxias unas de otras; ¿quién puede vivirlo? ¿Acaso eso puede transformar nuestra realidad? Mejor me quedo aquí, en mi roca, y voy  a misa todos los domingos y ya está;  ¿para qué saltar al vacío, a lo desconocido? Además, el evangelio parece ser como el horizonte, que cuanto más nos queremos acercar a él siempre está más allá».

Así, precisamente, se vive a Dios como enigma. La primera lectura te está diciendo que el misterio está ante tus narices, que está dentro de ti, que nada más necesitas saltar para darle a todo sentido. Que sí es posible, que es una realidad y que la prueba, como dice la segunda lectura, la tienes en Cristo Jesús. Él es verdadero hombre y verdadero Dios; pero por ser verdadero hombre, Él supo lanzarse totalmente confiado al mar del misterio amoroso de su Padre: eso es lo que hizo precisamente en su experiencia del desierto después de haber experimentado, en su bautismo, el amor implacable del Padre sobre Él. Él te dice cómo dar ese salto a lo desconocido, cómo abandonar la roca de tu propio yo para salir al otro, y al Otro. Te pide que te fíes de Él, no hay otra garantía. Él es la Imagen del Dios invisible, es decir, es el Rostro de la Misericordia del Padre. ¿Y cómo es ese rostro? El evangelio te abre al misterio de la misericordia de Dios.

Los dos personajes del evangelio, el sacerdote y el levita,  viven a dios como enigma. Ellos mismos se han convertido en enigmas incomprensibles sin significado; son como mares pequeños, insignificantes, congelados,  que viven a un dios, así mismo, congelado y enigmático. Ellos ven el abismo de vacío de su hermano  y,  como son mares congelados, no son capaces de llenar ningún abismo de soledad, ni de sufrimiento, ni curar ninguna herida que haya a su alrededor. Ellos permanecen en su conocida roca de adorar a un dios enigmático que les pide solo cumplimiento, es decir, control, seguridad, estima, adoración a sí mismos, y por lo tanto no tienen tiempo, ni quieren romper con esas curvaturas que les direccionan sólo hacia su propia roca. Prefieren estar conectados solo a sus celulares personales y a sus propias redes sociales farisaicas. Lo más que hacen es mandarse what’s apps entre ellos con sus celulares último modelo. Tal vez uno de sus mensajes sería:

— ¿Has visto a aquél que está tirado en el camino?

— ¡Sí, por Dios, seguro que se lo tiene merecido! ¡A saber qué es lo que habrá hecho!

— ¿Y lo sucio que estaba? ¡Madre mía, si hasta desnudo estaba…!

— Pero, calla, cortemos la conversación… que tengo que preparar la homilía de 07:30

(¡Ay!).

Como decía, con una frase terrible, pero no por eso menos cierta, mi gran maestro de Teología Moral, P. Dalmazio Mongillo, op, hace ya más de 40 años, (un santo, dicho sea de paso),  «los que viven en el enigma viven una espiritualidad incestuosa porque solo entre ellos y con ellos tienen relación, sin mezclarse con los abismos desconocidos y anónimos que se encuentran en los caminos de la vida»[2]. Terrible, pero esto es, precisamente, vivir a dios como enigma.

Sin embargo, el samaritano, símbolo de lo inapropiadamente inesperado, se presenta ante el abismo de vacío de su hermano en el camino como una fuente infinita de misericordia; como un chorro grandioso de mar de aguas cristalinas; como una cascada impetuosa, pero silenciosa, que llena todo vacío que encuentra a su paso. Es importante notar su actitud serena, pacificante y silenciosa. Nada de cacareos, nada de llamadas a la justicia con pancartas por las calles de Jericó. La misericordia es silenciosa y callada en el momento. Ya habrá tiempo después para todo lo demás: lo primero es el abismo de vacío de su hermano. Así es la misericordia.

Este es el que vive a Dios como misterio. Este es el que se ha lanzado al abismo omnipotente que todo lo llena. Un Abismo llama a otro abismo; y el abismo de vacío del caído en el camino se ve llenado por el Abismo de misericordia del que se baja de su cabalgadura, del que deja su roca personal, del que vive sumergido en el misterio. Y no lo hace desde la distancia, por control remoto: baja de su cabalgadura, se acerca, toca, cura, unge, sana, monta al anónimo en su posesión, lo acompaña, lo cuida y no lo abandona a su suerte.

Es importante que nos fijemos en un detalle que, naturalmente, a nosotros nos pasa desapercibido, del que no advertimos su fuerza, que tiene que ver con el lenguaje utilizado por Lucas en el evangelio. La Palabra nos dice que el samaritano al ver al caído en el camino se compadeció de él. Lo evangelios están escritos en griego, y el verbo compadecer en griego utilizado por Lucas, es el que en hebreo, en arameo, en el lenguaje de Jesús deriva de un sustantivo, raham, que significa exactamente, vísceras y seno materno, y acentúa más aún este matiz de piedad maternal. La traducción literal sería entrañas maternales. Pone de relieve esta palabra el carácter ‘entrañable’, ‘maternal’ del amor misericordioso de Dios puesto en el corazón del samaritano. ¿No se ha comparado Dios mismo a una madre, que lleva a su hijo en las entrañas? Se utiliza esta expresión para señalar aquel sentimiento íntimo, profundo y amoroso que liga a dos personas por lazos de sangre o de corazón, como a la madre o al padre con su propio hijo o a un hermano con otro.

La pregunta inicial del doctor de la Ley fue « ¿quién es mi prójimo?» Al final Jesús pregunta al revés: « ¿Quién se comportó como prójimo? ». Y el doctor de la Ley respondió: « ¡el samaritano!» Porque al acercarte al abismo de tu hermano no eres tú el que muestras el misterio al caído, es él mismo, el caído, el anónimo que recibe tu misericordia entrañable, quien te abre a la puerta del misterio: es él quien te sumerge más en él. Las cosas de Dios son al revés.

P. Eduardo Suanzes, msps

 

[1] Oí esta diferencia entre los dos términos al P. Amedeo Cencini en una conferencia sobre la Teología de la vocación en Cartago, Costa Rica, en Febrero de 2011. La idea original es, pues, suya.

[2] En una conversación informal mientras íbamos de camino al bautizo de una sobrina suya, en algún pueblo de Italia que no recuerdo, junto con mi hermano Jose Luís Fernández de Valderrama, msps, allá por los lejanos  1981

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