Habla la viuda de Naím

Habla la viuda de Naím

 

Camino como muerta en vida; el polvo me asfixia, el sol me abrasa sin piedad, el dolor y la amargura atenazan mi alma y la gente que me rodea me oprime sin compasión. Creen consolarme, pero quisiera gritar que me dejaran sola, que desaparecieran todos…No sé cómo puedo dar un paso después del otro. Las lágrimas me ahogan y si tenía el corazón partido con la muerte de mi esposo, ahora, al morir mi hijo, mi único hijo, ya no tengo corazón. Ni corazón, ni esperanza, ni vida, ni nada.

Oigo cuchichear a la gente que se pregunta de qué voy a a vivir, que quién cuidará de mí. No se dan cuenta que eso ahora a mí ya no me importa. Ya nada me importa. Quisiera decirles que me entierren con mi hijo, porque eso será a partir de ahora mi vida: una vida sin el amor de mi esposo ni de mi único hijo; una vida enterrada en la nada y en el desconsuelo.

Grito desde mi interior al cielo y no recibo respuesta, nada más que la de ese sol abrasador que me quema el alma; ni los ojos puedo levantar porque hasta de la luz quiero escapar ocultándome con el manto. El polvo me ahoga.

Somos una procesión que sale del pueblo con mi hijo en el ataúd delante de todos. Una procesión de dolor, de muerte, que sale y sale hasta de los poros de mi piel. No hay parte de mi cuerpo que no sienta el dolor amargo y profundo que sale por todas partes: me duele hasta respirar.

Logro, con esfuerzo, alzar un poco la vista y veo un montón de gente que viene a hacia la ciudad. Otra procesión, pero que entra, que quiere entrar. Gente desconocida por la que tengo que cruzar con esta pena y con mi hijo; me parece casi obsceno que invadan mi intimidad. Pero es extraño porque el que va en cabeza de ese grupo no va tanto hacia el pueblo: es como si viniera hacia mí. De tanto en tanto lo miro de reojo entre lágrimas. Se acerca cada vez más: es como si él no lo pudiera resistir, como si yo fuera un foco de atención al que se dirige con paso firme. De nada me conoce y yo menos aún.

Ya está cerca y no sé por qué razón el pulso muerto de mis venas se acelera a una velocidad que yo misma me espanto. Logro, por fin, ya ver sus ojos y es como si mi dolor fuera para él tan irresistible que no puede dejar de venir a mí. Ya está a un metro y veo cómo levanta el brazo para tocarme. Lo hace y me dice «no llores». ¿Qué no llore? ¿Pero cómo puede decir eso?

Él ve mis ojos inundados y, entre las lágrimas, puede leer mi rostro que le interroga: «Rabí, ¿cómo puedes decirme eso?». Instintivamente, como para refugiarme de la invasión del desconocido, de nuevo me cubro con el manto. Pero él insiste: es como si quisiera que mirase a sus ojos, que le mirara a él y no tanto a mi pena. No sé qué me duele más, si la muerte de mi hijo o levantar la mirada para mirarlo a él. Insiste en que le mire, en que salga de mi manto, que se ha convertido de pronto en una cueva protectora donde puedo agazaparme para aislarme de todo y de todos. El polvo es asfixiante…

No sé cómo pude hacerlo, pero lo hice. Y de pronto me encuentro frente a frente con su mirada que abraza mi dolor. Su rostro se interpone entre el sol abrasador y el mío, por lo que puedo observarlo claramente. Es como si él se convirtiera en la sombra fresca y reconfortante que me protege del hastío insoportable.

Solo es un instante, pero pudiera hablarte un millón de cosas de ese rostro. Lo veo claramente, como si el tiempo se detuviera. Ya nada existe fuera de ese rostro que es como el Corazón misericordioso de Dios. Ese grito al cielo de antes tiene en este rostro la respuesta. Ya no hay polvo del camino, ni sol abrasador, ni la gente me molesta. El dolor sigue ahí pero es distinto porque ese rostro, esa mirada, (¡qué extraño!) es como si curara mi dolor, no quitándolo, sino sanándolo.

Me vino rápidamente a la mente esa otra historia de una viuda en tiempos de Elías. Éste se alojaba en su casa y un día el hijo de la viuda se murió. Ella le echó la culpa al profeta como causante de su desgracia. Recuerdo cómo en la historia se decía que el propio calor de Elías resucitó al hijo. El profeta era como el abrazo vivificante de Dios.

Este Rabí es ahora ese abrazo del mismo Dios para mí. No me pregunta nada sobre mi vida, ni si tengo fe, ni si creo en Dios. Es solo mi dolor el que lo tiene delante de mí y el que ha hecho que se acercara: solo mi dolor.

De pronto se dirige al féretro y lo toca con un gesto explícito. Toca aquello que separa a mi hijo de mí; aquello que impide que yo lo vea, que lo sienta cerca, que lo reconozca. Me doy cuenta que está tocando a la misma muerte haciendo que todo se detenga. Es como si con su gesto quisiera decirme que con él tengo a mi hijo más cerca que nunca. El abismo entre mi hijo y yo desaparece y, aunque el dolor persiste y siempre estará allí, ya no me atenaza, ni me impide levantar la mirada. Noto que ya no me oculto bajo el manto y que puedo levantar los ojos al cielo con una extraña serenidad cargada de paz.

Nadie de las dos muchedumbres se está dando cuenta de lo que está pasando. Ni de la muchedumbre que sale ni de la que entra. Pero al tocar el Rabí el ataúd todo se ha detenido: el movimiento ha cesado, es como si ya nadie ni saliera ni entrara. Lo único que importa es que él está tocando el ataúd, que él está tocando la separación, la distancia, la pérdida, la ausencia…, la muerte, transformándola en algo nuevo, distinto y con sentido.

En un segundo hago un repaso de lo que ha pasado hasta ahora. Cuando salí de casa hace un rato no había otras palabras que agobio infinito que describieran mi interior. Al acercarse este hombre, atraído solo por mi dolor y yo consentir que lo tocara; al escuchar su voz para que no llorara y levantar la mirada para ver su rostro; al no ponerme ninguna condición, ni hacerme ninguna pregunta de si creo en Dios o si dejo de creer; ahora que ha tocado el ataúd de mi hijo y todo se ha detenido, no me reconozco a mí misma. Es como si él sólo quisiera tocar mi dolor y que yo le dejara hacerlo: solo eso.

Y, de pronto oigo el grito, «¡qum!», que en tu idioma significa «¡levántate!». La gente comenzó a asombrarse y llenarse de temor gritando y vociferando que un gran profeta había sido enviado por Dios. Pero yo no quería perderlo de vista. ¿Dónde se había metido? No quería alejarme de él. Tenía a mi hijo, otra vez, de una manera nueva y distinta entre mis brazos, pero no quería perder de vista al Rabí. Era el Rabí, el Rabí, a quien había que poner atención más que a mi hijo. Yo ya lo sabía: lo había visto en su rostro cuando miró mi dolor. La gente se quedaba en la superficie, en lo extraordinario…; pero el secreto, lo que en realidad había pasado, estaba en otra parte. El Rabí…, el Rabí hacía que yo tuviera a mi hijo vivo.

Así que, después de entrever dónde estaba el Rabí, agarré a mi hijo, vivo, y me fui detrás de él. Entraba en Naím. Le alcancé. Esta vez fui yo quien le tocó, quien quiso mirarle pidiéndole que viniera a casa. Ahora fue él quien me devolvió la mirada, y con ternura indecible accedió a venir nosotros: solos él, mi hijo y yo.

Mi pulso golpeaba mi sien a una velocidad increíble porque yo sabía que había pasado algo mucho más importante que los demás no habían visto. Nadie vio cómo él tocó mi dolor, tocó la muerte: eso nada más que lo vi yo. No sabía cómo poner en palabras lo que quería decir, pero él, una vez sentados en el suelo de mi casa, sobre unas pobres esteras de esparto, se adelantó y me dijo:

Mira Esther (¿cómo supo mi nombre?), no hay dolor humano que no provoque y haga explotar el volcán de la misericordia de Dios. Todo dolor es para Dios como la chispa que hace estallar su ternura. Simplemente no se puede resistir, forma parte de su ser. Y se derrama y desparrama en consuelo sobre todo aquel que sufre. Muchos se enfadan con Dios y arremeten contra Él porque le hacen causante de sus sufrimientos y no entienden que Dios es un Padre tierno que no desea el mal para ninguno de sus hijos, para ninguno, no importa que crean en Él o no. ¡El llora con el llanto humano, Esther!, simplemente porque es un Padre lleno de ternura por sus hijos. Por eso no te pregunté nada. Lo único que desea es que lo miren; que miren sus entrañas de misericordia de Madre y que el que sufre no se agazape en su tormento, como tú hacías al cubrirte con tu manto, sino que sepa mirarle para encontrar en Él el consuelo. Sé que es un gran esfuerzo, terrible, el dejar de mirar tu dolor para mirarme a mí, pero tú supiste hacerlo. Y es que Yo soy el rostro de la misericordia de Dios y quien me mira a mí ve a mi Padre que es solo misericordia. Ese calor de ternura que tú sentiste fue el calor del Espíritu Santo que es el soplo de esa misericordia de la que yo soy el rostro… Tú ya habías notado que tu dolor había sanado aunque lo seguías sintiendo, porque pudiste mirarme.

Aunque el Rabí se fue, ya tengo su rostro grabado en mi corazón y jamás dejo de mirarle, por eso mi hijo está vivo. Mi hijo, Lucas, que así se llama porque su padre, mi esposo ya fallecido, era de origen griego, como es natural, tampoco olvidó la historia y prometió un día escribirla para que todos supieran quién era ese Jesús de Nazaret, rostro de la misericordia de Dios y cómo la vida se abre paso con tan solo mirarle.

P. Eduardo Suanzes, msps

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