XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

Era neceario que el Hijo del hombre padeciera

 

Misioneros del Espíritu Santo Morelia

P. Eduardo Suanzes, msps

Encontramos en la segunda lectura cómo Santiago nos dice que la fe sin obras es una fe muerta, es decir, incapaz de dar vida; que las obras prueban la fe. ¿Cómo es esto? ¿Por qué las obras hacen posible que la fe quede patente? Y, por otro lado ¿qué tipo de obras? ¿Todas?…

La razón está en la esencia de la misma Palabra de Dios, en lo que ella es. La Palabra de Dios es creadora; como nos dice Pablo a los de Colosas, todo fue creado por Ella y para Ella; nada existe fuera de la Palabra, y todo tiene en Ella su consistencia. Quiere esto decir que, en sí misma, la Palabra de Dios es Acto, la Palabra es eficaz; la Palabra se expresa y se manifiesta activamente siempre. La Palabra del mismo Jesús, que se identifica con Él mismo, obra eficazmente en la gente que «la escucha y no se echa para atrás», como dice la Primera Lectura de hoy. Jesús sana los corazones y los cuerpos de aquellas personas que se acercan, lo escuchan y lo reciben. La Palabra penetra en ellos y transforma sus vidas, porque la Palabra es una Palabra viva, creadora, edificante (que edifica, que construye), eficaz…; es decir, realiza lo que dice.

Esto significa que la persona que acepta, por la fe, la Palabra, permite que esta transforme su vida y la mueva a dejar salir la misma Palabra trasformadora a través de sus actos. Es la misma fe la que hace que la Palabra viva actúe a través de la persona. Porque esa es la esencia de la Palabra de Dios: actuar. Vamos, que en lugar de decir que «Dios es Amor», que es lo más grande y sublime que podemos expresar de Él, podríamos perfectamente decir que «Dios es Amando», es decir, su amor es un amor puesto en acto, en movimiento, no está quieto…Él es (actúa) así.

¿Qué se puede decir de una Palabra que penetra en nuestros corazones pero no los mueve a dejarla salir, actuando, esa misma Palabra a través de nuestros actos? Pues exactamente lo que dice Santiago: que la fe que decimos tener está muerta; la Palabra se ha ahogado en el corazón de esa persona. El corazón se ha convertido en un inmenso dique que hace imposible la fuerza transformadora del agua que viene de lo Alto. El estanque se ha estancado; las aguas se han quedado quietas, dejan de oxigenarse y el oasis se ha convertido en un remanso de aguas pútridas, muertas, sombrías, oscuras…La persona retorna al versículo primero del Génesis en donde todo era oscuridad, desorden y caos. La creación se ha detenido y el Espíritu Santo vuela sobre nuestras aguas oscuras esperando el más mínimo movimiento de nuestro deseo para comenzar de nuevo la creación en nuestro interior.

No lo hemos leído en el evangelio de hoy. Pero seis días más tarde de los acontecimientos que se narran, sucede el episodio del Tabor. Seis días más tarde…, es decir, al séptimo día. Y es que en siete días Dios creó el universo. Con este dato Marcos nos está haciendo un guiño: todo este asunto, de lo que se trata es de una nueva creación. La acogida de Jesús realiza en el ser humano la nueva creación; hace salir al hombre nuevo, el verdadero yo, ése que es imagen del Creador. Jesús convierte al ser humano en un ser nuevo, transfigurado, capaz de contemplar su gloria. Pero debemos ser muy conscientes de todas las implicaciones. La nueva creación pasa por la cruz. Jesús lo dice muy claro en el evangelio: es necesario.

Pedro, quien más tarde querrá quedarse en el momento glorioso del Tabor proponiendo la construcción de tres tiendas, no quiere quedarse con lo primero, con lo que es necesario: la cruz; la rechaza. Pedro es nuestro prototipo.

Aparte lleva a Jesús para convencerle de que desista. Pero ¿por qué va a ser necesario? ¿No eres acasojesus-con-pedro1 el Mesías? ¿No te lo acabo de decir? ¿Para qué, pues la cruz? La gente dice que eres Juan el Bautista; otros que un profeta; otros que el mismo Elías esperado…. ¡yo te he dicho que tú eres el Mesías! ¡Haz lo que yo te diga! ¡Hazme caso!

Pedro refleja también todos nuestros intentos de manejar a Jesús; él traduce de una manera sin igual todas esas actitudes nuestras con las que volteamos la tortilla en el comal dándonos razonamientos (incluso muy religiosos) para no aceptar la cruz, para no aceptar el crecimiento, para rechazar la nueva creación; en definitiva: para no dejar salir nuestro verdadero yo, que es el de la entrega, la donación, el sacrificio. Dejar salir la Palabra de Dios del tesoro de nuestro corazón supone no considerarnos a nosotros mismos y a eso no está dispuesto el falso yo. Tan falso yo es este de Pedro al rechazar la cruz como el que sólo se quiere quedar con el momento de la gloria del Tabor. No: la nueva creación son los siete días: la cruz y el Tabor, el Tabor y la cruz.

¡Qué pena que la liturgia separe los dos momentos: el anuncio de la pasión del Tabor!; perdemos la perspectiva de lo que Jesús quiere decirnos.

En 1934, escribe Mons. Martínez, desde Morelia, a Concepción Cabrera de Amida, que está en el DF:

Mons. Luís María Martínez

Mons. Luís María Martínez

«Hay en nosotros una tendencia a encerrarnos en un círculo y a poner allí nuestras tiendas como deseaba san Pedro en el Tabor. Nos estacionamos y lo que es peor, todo lo que Dios hace para sacarnos de ese círculo y llevarnos más arriba, lo metemos en nuestro cartabón lo “estandarizamos” y lo hacemos ineficaz. ¡Cuánto trabajo le cuesta a Jesús sacarnos de allí! ¡Qué difícil es tener esa amplitud de espíritu, esa avidez de las alturas, ese convencimiento de que el lugar en el que estamos, no es cumbre, sino camino, un alto, a lo más, para alentarnos a subir más arriba, cosas tan necesarias para alimentar el germen divino del progreso del espíritu!

Por eso de tiempo en tiempo necesitan las almas del dulce llamamiento del Señor que les dice “más arriba”. ¡Dichosas las almas que saben escucharlo!

Mas para eso se necesita comprender que no lo sabemos todo, que vemos apenas lo que se domina desde el lugar en el que estamos; que arriba hay nuevos horizontes no sospechados, y que para subir, no debemos entender todo conforme a nuestro criterio actual, no debemos meter todo en nuestros cartabones adquiridos, sino que es preciso romper nuestros moldes».

(CC 61, 219-221; 8 de junio de 1934)

Efectivamente. El falso yo se encuentra tranquilo en su tienda, en su círculo estanco. Pedro se cree que ya llegó a la cumbre. Pero para llegar a la cumbre hay que aceptar, como fuente de vida, la cruz misma. ¿Por qué es fuente de vida la cruz?

Porque es la cruz, es decir, la negación de nosotros mismos por amor, la donación y la entrega, la que hace emerger la Palabra Creadora desde el fondo de nuestro corazón: a Dios mismo. Dejamos que Dios sea Dios en nosotros, continuando su creación desde nosotros. Hacemos que Dios sea Amando. Por eso en el Evangelio Jesús nos insiste en que para seguirlo a Él hay que renunciar a nosotros mismos y cargar con la cruz; es decir, arrasar con el falso yo, acabar con él. Porque Dios y nuestro auténtico Yo no están separados; aunque no somos Dios, Dios y nuestro auténtico Yo son la misma cosa. Mi centro de gravedad es Dios y acoger la Palabra de Dios supone, darnos cuenta que ese centro de gravedad coincide con lo que somos en realidad, porque somos su imagen. Darnos cuenta de esto, recibir la gracia de comprender esto, es un gigantesco paso en nuestra vida espiritual.

One thought on “XXIV Domingo del Tiempo Ordinario

  1. Padre Esteban, lo felicito desde el fondo de mi corazón por la pastoral social que impulsa en el Templo del Espíritu Santo y de la Cruz, para ser solidarios con personas que carecen de audición; los jóvenes tendrán la oportunidad de compartir su vida con estas personas, al estilo de Jesús y el pueblo sacerdotal se seguirá fortaleciendo. ¡GRACIAS! Siempre que pueda me gustaría participar en esta Eucaristía.

    Padre Eduardo, sus reflexiones han movido mi ser, desde lo profundo de mi corazón (este es el centro de nuestra vida interior, el lugar de nuestras decisiones, convicciones, afectos…) deseo expresar mi fe con mis obras, a veces me falta fe en situaciones difíciles, pero al preguntarme qué haría Jesús en mi lugar, el Espíritu de Dios sacude mi ser y me da la fuerza que necesito para dar gracias por las cosas lindas que recibo…Hoy mi hijo Germán empieza a laborar en un buen trabajo, después de dos meses y medio de búsqueda, este hecho y la Eucaristía de hoy me animan a realizar oración con más fe y a ser solidarios con niños enfermos de cáncer. GRACIAS por las entrevistas que nos presenta sobre la esperanza de jóvenes enfermos de cáncer, nosotros tenemos en AMANC experiencias semejantes en este año de trabajo. ¡ MUCHAS FELICIDADES POR SU ANIVERSARIO DE SACERDOTE CONTEMPLATIVO Y SOLIDARIO! Alma

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