El Cristo de la oración en el huerto vuelve al Espíritu Santo

Misioneros del Espíritu Santo Morelia

P. Eduardo Suanzes, msps

Me quedé impactado con el titular: “El Cristo de la oración en el huerto vuelve al Espíritu Santo”. Rápidamente me zambullí en la red para ver de dónde procedía el artículo, quién lo escribía y, sobre todo, cuál era su contenido. Era tan de la Espiritualidad de la Cruz lo que sugería el titular que no podía sustraerme a recibir lo que allí se diría. Por eso “salí corriendo” para buscar lo que supuestamente allí se me diría.

¿Cómo? ¿De qué manera lo explicarían…? ¿Cómo es que Jesús en el huerto nos vuelve al Espíritu Santo? ¿Cómo es que Jesús abandonado, desolado, sólo, desconsolado, pero firme ante la voluntad del Padre, tal como se nos representa en Getsemaní, conduce al Espíritu Santo?

Y es que en la Espiritualidad de la Cruz se dice por activa y por pasiva que existe una inter-imbricación, (perdón por la palabra) entre el Espíritu Santo y la cruz. Estas dos realidades son cruciales para entender esta espiritualidad, para vivirla; a tal grado que es imposible separarlas: la persona del Espíritu Santo y la crudeza de la cruz

Quiero que la tierra arda con el leño de la cruz y el fuego del Santo Espíritu; quiero que pidan por mi Iglesia[1]

Para empezar, esto es lo que le dijo el Señor a Concepción Cabrera de Armida en 1894. Jesús nos lo hace patente a través de ella. Quiere que el mundo arda con el combustible de la cruz. Ese combustible será incendiado con el fuego del Espíritu Santo, con el fuego del amor, del Amor, con mayúsculas. La cruz: desde nuestra realidad humana más cruda, desde nuestros abandonos y desolaciones, hasta nuestras realidades cotidianas más simples; todas ellas ardiendo en el fuego del Espíritu. En este momento me acuerdo de aquellas palabras de San Juan de la Cruz:

Espíritu Santo y fuego

Porque el fuego material, en aplicándose al madero, lo primero que hace es comenzarle a secar, echándole la humedad fuera y haciéndole llorar el agua que en sí tiene; luego le va poniendo negro, oscuro y feo, y aun de mal olor, y, yéndole secando poco a poco, le va sacando a luz y echando afuera todos los accidentes feos y oscuros que tiene contrarios a fuego; y, finalmente, comenzándole a inflamar por de fuera y calentarle, viene a transformarle en sí y ponerle tan hermoso como el mismo fuego[2].

Me imagino la acción del Espíritu Santo como la del fuego cuando embiste en una chimenea a un leño: lo envuelve primero, lo seca y lo abrasa hasta transformarlo en el mismo fuego. Aunque la acción la efectúa sólo el fuego, el leño ha de ponerse “a tiro” para ser embestido, ha de dejarse hacer. Es de notar que el leño, la cruz, arde ya desde dentro, no desde afuera; es decir, el fuego ya está en su interior.

Pero es primordial juntar al fuego con la madera, con el leño de nuestra cruz. Sin el fuego, el leño se queda en el puro leño: frío, seco y angustiante. Lo podremos, como dice Juan de la Cruz, juntar con otros elementos, pero quien le infunde el calor y lo transforma hasta convertir al mismo leño en fuente de calor es el mismo fuego[3].

El sufrimiento purifica al amor, y le sirve de combustible… […] No, el dolor, no estorba al amor, lejos de eso, lo hace crecer purificado y limpio en el palenque del sacrificio. El Corazón de Jesús, amó cual ninguno, pero oprimido siempre, y quemado, diré, en el fuego del interno sacrificio. La Cruz interna del Corazón de Jesús, que lo traspasaba, fue la que hizo en el Huerto, manifestar un tanto al mundo, lo que pasaba en el pecho del Señor, y cómo amaba…[4]

En el Huerto de los olivos mostró un poco Jesús  esa Cruz que desde la Encarnación llevaba en el fondo de su alma; una cruz desconocida para todos, pero que lo  abrasaba en el fuego del Espíritu. «El Cristo de la oración en el huerto vuelve al Espíritu Santo» ¡Cómo no lo habría de volver al Espíritu Santo si era el combustble en el que estaba dominado! Desde el primer instante de la Encarnación el alma de Jesús estaba sumergida en el Espíritu, porque el abajamiento del Verbo fue infinito. Y ahí, en el huerto, como que no pudo contenerse su corazón y esa cruz interna traspasó hasta el exterior. Entonces pudimos darnos cuenta…Coronación de espinas (1)

¡Cómo no darnos cuenta…! Para cualquiera que contemple a Jesús después de ser azotado, tirado en un rincón, oliendo a sudor, tierra, sangre y orines…; recibiendo puñetazos con los ojos vendados…; escupido y burlado con total desprecio…; coronado con una cruel corona de espinas clavándoseles hasta el hueso…¿qué es lo que hacía Él? Sólo callar (tal vez llorar) y amar, precisamente por estar abrasado en el Espíritu. Entiéndaseme lo que quiero decir, pero yo creo que Jesús nunca fue tan hombre como cuando fue presentado ante el pueblo por Pilato como el Ecce homo. ¿Acaso puede nadie ni siquiera vislumbrar el abismo de su dolor interno al verse despreciado por los que amaba? ¡Ya lo creo que Jesús era el hombre!: nunca Pilato dijo una verdad tan colosal. Jesús era el hombre por antonomasia porque su cruz estaba totalmente abrasada en el Espíritu.

ecce homo

Ese despojo humano era “el totalmente abrasado por el Espíritu”; ese era el verdadero hombre; el ecce homo más perfecto de la historia; ese era el que su cruz interna la tenía sumergida en el horno del Consolador, del  Dulce Huesped de su alma. Por eso, Jesús al morir no podía más que «entregar el espíritu» (Jn 19,30).

El fuego convierte todas las cosas en fuego, pero si hay disposición del combustible. Además, el fuego tiene una virtud: que echándole más leña, más combustible, más crece. Lo que significa que la presencia del Espíritu Santo en cada uno de nosotros se aviva más y más con el amor a la cruz, con la vivencia de la cruz. De la misma manera, sin el combustible, el fuego acaba por extinguirse. Sin la cruz, sin el espíritu de sacrificio, el Espíritu Santo, sencillamente deja de hacerse presente.

Amor y dolor, dolor y amor; es decir, Espíritu Santo y cruz, cruz y Espíritu Santo. Querer separarlos es de locos si se quiere tener una vivencia auténtica del evangelio. El único camino que conoce Jesús en el evangelio es el de la pérdida, el de la cruz. Él, el Espíritu Santo, el Consolador, es el que nos guiará hasta la verdad completa (Jn 14,26). Con Él lo entenderemos todo.

Creo firmemente que en las locuras de la Cruz se encierra la verdadera sabiduría, la paz y todos los frutos del Espíritu Santo… [5]

Esto escribía la Sra. Armida en 1894. Ella estaba experimentando en carne propia el fuego que le abrasaba por dentro, el fuego que la lanzaba a las locuras de la cruz. Continúa diciéndole Jesús con la Cruz del Apostolado de fondo:

Cruz del Apostolado Misioneros del Espíritu Santo Morelia

Cruz del Apostolado

Quiere conquistar su reinado en las almas este Santo Espíritu, por medio de la Cruz y del Corazón mío… En la Cruz anida el Espíritu Santo y por esto ahí y sólo en ese árbol sagrado, se recogen abundantes, sus frutos…Se representan todos en mi Corazón, porque has de saber, que mi Corazón es el primer Fruto del Espíritu Santo, eterno, que encierra en sí a todos los demás frutos. El alma que lleva la Cruz, lleva con ella al Espíritu Santo con sus Frutos y también a mi Corazón, inseparable de la Cruz, y del Espíritu Santo. El sello de la Cruz, es el sello de los escogidos. La Cruz es luz que ilumina, fuego que purifica. La Cruz es la consentida del Espíritu Santo; por esto la envuelve en su luz y la esconde en sus resplandores. La Cruz es el trono del Espíritu Santo, el sello sagrado de la Iglesia, el espejo de los Sacerdotes, la salvación del mundo. ¡Oh hija mía, me decía Jesús! Cuánto ansío que se extiendan las Obras de la Cruz”[6].

Representando al Espíritu Santo como una paloma, la cruz es su nido, su único nido. Se entiende, pues, que cuando Jesús habla de ella, siendo el sello de los escogidos, quiere decir la cruz abrasada por el Espíritu Santo: la cruz, nuestra realidad entera dejándose consumir en el Amor de la Trinidad. Un cristiano que ama la cruz y que vive la cruz por amor, como Jesús, se convierte en signo, en luz que ilumina y fuego que purifica. ¡Qué responsabilidad para los sacerdotes, para los presbíteros!, porque la cruz ha de ser su espejo. Un sacerdote ha de identificarse, reconocerse a sí mismo en su imagen: la cruz. Cuando alguien se mira en el espejo se identifica consigo mismo al verse reflejado: esto es lo que quiere decir Jesús con eso de que la cruz es el espejo de los sacerdotes.

“Pide mucho porque el reinado del Espíritu Santo y el de la Cruz se extienda por todo el mundo.”[7]

…insistía Jesús con la Sra. Armida. Es apremiante este deseo de Jesús expresado de mil formas y en numerosos pasajes de su Cuenta de Conciencia. Es como su música de fondo…; el leitmotiv que, transversalmente, recorre la espiritualidad de la Cruz desde el principio hasta el final y sin el cual nada de ella se entendería. La espiritualidad de la cruz invita a vivir la cruz, pero sólo de esa manera: abrasada en el fuego del Espíritu Santo, abrasada en el Amor. Y entiende, de la misma manera, que es imposible vivir la vida espiritual movidos e impulsados por los dones del Espíritu Santo ( a lo que todos, sin excepción, estamos llamados) si no abrazamos la cruz, es decir, el camino paradójico de la pérdida que ofrece el evangelio.

¿Sabes, hija mía, en dónde repercute el eco de la suavísima y delicada voz del Espíritu Santo, que aconseja? En la Cruz… Dentro de ella se distingue perfectamente la voz divina que enseña, que ama y que aconseja. Las almas crucificadas son, por tanto, las que reciben este Don de Consejo que hace tanto bien al alma feliz que lo recibe y a otras muchas…[8]

«Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la Verdad que procede del Padre…» (Jn 15,26). Jesús lo sabía y nos lo dejaba en bandeja: es el mismo Espíritu desde la cruz, en la cruz, el que nos enseña, el que nos da testimonio de Él. Por eso Pablo se atrevió a decir que la cruz es sabiduría de Dios (1Cor 1,18), porque esa ahí donde el Espíritu de la Verdad nos lleva hasta la Verdad completa que es el mismo Jesús.

En fin, estos pensamientos estaban de fondo cuando vi el títular que arriba mencioné: “El Cristo de la oración en el huerto vuelve al Espíritu Santo

Nada, una ilusión.

“Me fui con la finta…”, como se dice en España; “me metieron un gol”, como se dice por nuestras tierras mexicanas…Resulta que se trataba de un artículo del periódico ABC de Sevilla en el que se mencionaba que la imagen del Cristo de la Oración en el Huerto se trasladaba, por fin, después de quince años de estar fuera, a su lugar original: un convento llamado del Espíritu Santo. ¡Ay!

 P. Eduardo Suanzes, msps


[1] Concepción Cabrera de Armida CC 1, 513, 24 de junio de 1894

[2] Juan de la Cruz, La noche oscura II, 10,1

[3] Ibid., Subida al Monte Carmelo II, 8,2

[4] Concepción Cabrera de Armida CC 15, 401-402; 30 de noviembre de 1900

[5] Ibid. CC 3, 191; 21 de mayo de 1894

[6] Ibid. CC 7, 314-315; 31 de agosto de 1896

[7] Ibid. CC 11, 74; 16 de junio de 1899

[8] Ibid. CC 14, 45; 13 de junio de 1900

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