2 domingo de Cuaresma – 1 de marzo 2015

Misioneros del Espíritu Santo Morelia

P. Sergio García, msps

Parecería fuera de lugar litúrgico el relato de la transfiguración. El desierto y las tentaciones para el primer domingo de cuaresma están muy bien; pero el segundo domingo el monte y la transfiguración, como que rompe el hilo de penitencia y conversión que se ha iniciado desde el miércoles de ceniza. Con el tiempo me ha parecido excelente el relato para vivir adecuadamente este santo tiempo de la cuaresma. La superación de las tentaciones nos llevan a una transfiguración: un diálogo con los libertadores y profetas para que, al final, se escuche la Palabra del Padre, presentándonos al Hijo de su agrado e invitándonos a escucharlo. 

Vamos a caminar la cuaresma escuchando a Jesús que nos hablará plena y elocuentemente como nunca en el silencio de la Cruz. La transfiguración, pues, supone una conversión, la transfiguración nos envuelve en la nube donde el Padre deja escuchar su voz para que nosotros escuchemos a Jesús. Hasta el mismo Padre Celestial nos pide que pongamos a Jesús en el primer lugar del camino de nuestra fe. La fe viene por el oído, dice san Pablo y a nuestro oído llega Palabra penetrante y firme de Jesús.

Por eso el término de la experiencia de la transfiguración es por demás significativo: “A nadie vieron sino sólo a Jesús”. Esa es la experiencia fundante de todo hombre que viene a este mundo. No hay otro: o Jesús o nadie. De antemano sabemos que Jesús no excluye nada ni a nadie, pero es el alma y el camino, la vida y la verdad de todo y para todos.

No deja de ser respetuosa esta afirmación para nuestros hermanos convocados a otros caminos, yendo por otrasMisioneros del Espíritu Santo Morelia experiencias igualmente significativas. Cuando Jesús es interrogado por un maestro de la ley sobre lo que tiene que hacer para salvarse Jesús no lo invita a bautizarse, a seguirlo o escuchar sus enseñanzas. Lo invita a leer y vivir lo que le correspondía como judío. Por eso Jesús no es excluyente de nadie e incluyente de todo. Lo sabe y lo vive con inmensa humildad, como situándose en el último lugar para desde ahí, desde las profundidades del ser, pueda rescatar, o mejor dicho crear, pues “todo tiene su consistencia en él”.

Me permito incluir en esta reflexión las tres versiones del mismo acontecimiento. Marcos, Mateo, Lucas le darán su personal toque al acontecimiento por una parte y por otra nos permitirán asomarnos a la experiencia de las primeras comunidades de hermanos nuestros en la fe. Podemos darnos cuenta de las insistencias de uno y otro, podemos adivinar las debilidades de unos, los despistes de otros, las consistencias también.

Eso nos ayudará, en nuestra vivencia comunitaria, a ubicarnos con realismo en el camino de la fe sabiendo que si tenemos una historia también nos definimos por un proyecto. Somos tarea de nosotros mismos. Pero ni somos los únicos ni somos los primeros. Nuestros primeros hermanos que experimentaron con fuerza la predicación de los apóstoles se dieron cuenta que la conversión no era un momento puntual sino un proyecto en el que caminaron de plenitud en plenitud.

Pero hubo de todo: los entusiastas, los desanimados, los recelosos, los bondadosos y todos cuantos conforman la realidad humana a la que pertenecemos. Vemos las coincidencias y las diferencias en la manera de presentar un mismo acontecimiento, admiremos el genio creador y literario de cada uno y agradezcamos la oportunidad de conocer más y mejor la Palabra de Dios. Procuré conservar en una misma línea horizontal el tema común y los invito a sacar consecuencias pastorales y como proyecto de vida.

Marcos Mateo Lucas
Seis días más tarde tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada.  Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada.  Ocho días después de estos discursos, tomó a Pedro, Juan y Santiago y subió a una montaña a orar. 
Delante de ellos se transfiguró: su ropa se volvió de una blancura resplandeciente, tan blanca como nadie en el mundo sería capaz de blanquearla. Delante de ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz.  Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y su ropa resplandecía de blancura. 
Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. De pronto dos hombres hablaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecieron gloriosos y comentaban la partida de Jesús que se iba a consumar en Jerusalén.Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño. Al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía, porque estaban llenos de miedo. Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si te parece, armaré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Cuando éstos se retiraron, dijo Pedro a Jesús: Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres chozas: una para ti, una para Moisés y una para Elías –no sabía lo que decía–. Apenas lo dijo, vino una nube que les hizo sombra.
Entonces vino una nube que les hizo sombra, y salió de ella una voz: Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió una voz que decía: Al entrar en la nube, se asustaron. 
Éste es mi Hijo querido. Escúchenlo. Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escúchenlo. Y se escuchó una voz que decía desde la nube: Éste es mi Hijo elegido. Escúchenlo.
De pronto miraron a su alrededor y no vieron más que a Jesús solo con ellos. Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo! Cuando levantaron la vista, sólo vieron a Jesús. Al escucharse la voz, se encontraba Jesús solo.  
Mientras bajaban de la montaña les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó: No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Ellos guardaron silencio y por entonces no contaron a nadie lo que habían visto. 
Ellos cumplieron aquel encargo pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos.

Marcos, evangelio de hoy, nos ha metido dentro de la escena. No la leemos, la vivimos. Es interesante el final del relato de Marcos: ellos cumplieron el encargo, no como el leproso cuando fue curado que contó a todos lo que Jesús había hecho en él a pesar de la prohibición, pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos.

Es una pregunta que atraviesa la historia y llega hasta con nosotros con la misma fuerza y se conservará siempre porque pide una confianza total. Ya lo dijo Jesús: “No tengan miedo, creen en Dios crean también en mí, en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones y voy a prepararles un lugar. Porque donde yo estoy quiero que estén ustedes…” (Jn 14,1-3).

Pero habrá una manera, aquí y ahora, de encontrar el significado de resucitar de entre los muertos. Nos urge encontrar no sólo el significado sino la práctica concreta de pasar de la muerte a la vida, de la comodidad al servicio, del egoísmo al compartir, de la tristeza a la alegría, de la indiferencia al amor.

P. Sergio García Guerrero, msps

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