Homilía de S.E.R. Mons. Christophe Pierre

Homilía de S.E.R. Mons. Christophe Pierre Nuncio Apostólico en México
100º Aniversario de la fundación de los “Misioneros del Espíritu Santo”
(Casa General de los MSpS, México, D.F., 16 de diciembre de 2014)

Deseo expresar mi alegría, queridos hermanos, por la gracia de celebrar con todos ustedes esta Eucaristía de Acción de Gracias y de reconocimiento al Señor por los cien años de vida de la amada Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo.

Misioneros del Espíritu Santo MoreliaUnidos espiritualmente a los hermanos dispersos por las periferias del mundo, agradecemos ante todo a Dios, pero también al P. Félix de Jesús Rougier y a Conchita Cabrera de Armida, porque, asumiendo de manera consciente y radical el carisma que ellos les han trasmitido, innumerables hermanos en la Congregación han logrado vivir su existencia de manera plena, gozosa, atrayente, fecunda, profundizando día a día su proyecto de vida a la luz y con la fuerza de la específica espiritualidad Trinitaria; espiritualidad de amor a la Santísima Trinidad y a cada una de las Divinas personas, como el P. Félix la predicaba y vivía: “la unión con Jesús para ir al Padre, bajo la moción del Espíritu Santo (que) es como el centro de toda nuestra vida espiritual”.

Esta nuestra celebración por el centenario de fundación, constituye un auténtico evento jubilar que invita y mueve a poner los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu los impulsa para seguir haciendo con ustedes grandes cosas (Cfr. Carta Apostólica del Papa Francisco a todos los Consagrados, con ocasión del Año de la Vida Consagrada, 21.11.2014), no con nostalgia, sino con profunda admiración y gratitud el camino andado y a abrirse al discernimiento y a la renovación espiritual a través del re-descubrimiento del valor inestimable de la consagración, convencidos de que la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo, así como ha tenido un pasado brillante, podrá tener un futuro aún más fecundo gracias al Espíritu Santo, pero, también, gracias al compromiso existencial que cada uno de sus miembros esté dispuesto a asumir en el vivir con radicalidad el carisma y la espiritualidad, y al empeño por ser más y más fieles a las propias Constituciones y Reglas de Vida que recogen la experiencia espiritual, apostólica y pedagógica de Conchita y del P. Félix y, en consecuencia, por conocerlas, meditarlas, amarlas, asumirlas y ponerlas en práctica. Sólo así se podrá verdaderamente ser “Misionero del Espíritu Santo” día a día.

“¡Oh mi Jesús!, -escribía Conchita en una de sus cartas al P. Félix-, ¿estás contento con los Misioneros? “Hay voluntad en servirme y santificarse. Falta unión de criterios. Falta vida interior por el exceso de quehaceres exteriores que ahogan el espíritu. Hay murmuraciones ocultas y falta de obediencia de juicio. Falta observancia religiosa, que se remedie este punto capital, y que se le dé la primacía al espíritu, y no a los quehaceres exteriores. Ya te dije lo que quiero de ahí, para que florezca esa mi amada Congregación de la que espero mucha gloria. Más cuidado en la formación; más vigilancia de los superiores en algunos miembros (…). Más cuidado con lo suyo que con lo ajeno”. “Yo creo –escribía también Conchita-, que es voluntad de Dios que tengan los Misioneros del Espíritu Santo más vida interior, para guardar debidamente su vocación y la vida de intimidad con Jesús, para transformarse en Él (…). Más unión, más estrechez de criterios y de corazones; menos indiferencia, más caridad, que en esto no hay límites” (Al P. Félix, mayo 1932). ¿Habrán perdido actualidad estas palabras, o, por el contrario, resultan más que actuales para ustedes? ¡Habrá que meditarlo!

Ciertamente, -hay que decirlo-, ante nosotros tenemos una maravillosa historia de cien años por narrar, pero también una bella historia por escribir; y, para hacerlo, es ante todo necesario volver a los orígenes, volver al “primer amor”, -ó como ha dicho el Papa Francisco-, volver a Galilea. Al lugar de la primera llamada, donde todo empezó. Volver allí, al lugar en que Jesús pasó, los llamó, y dejándolo todo, lo siguieron (cf. Mt 4,18-22).

Volver a Galilea, y releer todo a partir de la cruz y de la victoria. Volver a Galilea, para redescubrir el propio bautismo como fuente viva, para sacar energías nuevas de la raíz de nuestra fe y de nuestra experiencia cristiana. Volver a Galilea, a ese punto incandescente en que la gracia de Dios nos tocó a cada uno al comienzo del camino, para encender con esa chispa el fuego para el hoy, para cada día, y para llevar calor y luz a los hermanos y hermanas.

Volver a Galilea, al lugar de la propia existencial experiencia del encuentro personal con Jesucristo, que nos llamó a seguirle y a participar en su misión. Volver a Galilea, para recuperar la memoria de aquel momento cuando Jesús pasó por nuestro camino, nos miró con misericordia y nos pidió seguirle; aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los nuestros haciéndonos sentir que nos amaba. ¿Dónde está, entonces, nuestra Galilea? ¿La recordamos, la tenemos a la vista o, en cambio vamos ya por caminos y senderos que nos la han hecho olvidar? Volver a Galilea, para reencontrar al “primer amor”; para ver a Jesús crucificado, y también resucitado, y convertirnos en testigos de su resurrección. Volver al “primer amor”, para recibir del Espíritu Santo el fuego que Jesús ha encendido en el mundo y que nosotros debemos llevar a todos, hasta los últimos confines de la tierra.

La parábola de Jesús que escuchamos hace unos instantes es, en este contexto, ilustrativa. Ella nos habla, también, de la llamada de Dios a ir a trabajar a la viña. Y sabemos bien que la imagen de la viña tiene una gran fuerza en la Escritura y en la enseñanza de Jesús.

El Padre es quien envía a sus hijos –nos envía a nosotros-, a trabajar a la viña. El Padre es quien nos pide que trabajemos para su Reino. Que vayamos hoy, ahora, a cada momento, con toda la vida, en toda circunstancia, a todos lados.

La historia, en boca de Jesús tenía un destinatario claro: el pueblo de Israel, que oficialmente había dicho sí a Dios, pero a la hora de la verdad no hacía lo que Él pedía. Israel no entendía que trabajar en la viña significaba tener como criterio el amor y el servicio al hombre: a todo hombre y a todos los hombres, sobre todo a los pobres.

Pero hoy los destinatarios de la historia somos nosotros. Nosotros que hemos dicho que “sí”. Y entonces, a la luz de la parábola de Jesús preguntémonos: ¿efectivamente estamos trabajando en la viña del Señor, siguiendo sus indicaciones, aquellas que nos ha hecho llegar por medio del Evangelio y de la Iglesia, pero también a través del propio carisma y espiritualidad? ¿Realmente nuestra vida está puesta al servicio del amor plenamente vivido? Porque, “ser misionero es partir, dejar, sufrir, cruzar el mar, olvidar cosas, recordar personas, entregarse, vaciarse de uno mismo, caminar, descubrir, sembrar, esperar. Para ser misionero hay que conjugar muchos verbos, sobre todo amar, en todos los tiempos y a todas las personas” (Mons. Peñalosa en el libro “Yo soy Félix de Jesús”).

Y entonces, -insisto-, volver a Galilea para, desde ahí retomar con nuevo vigor, ansia y coraje, la opción por ser santos “como Jesús lo fue, de cinco maneras: por su silencio; por sus ejemplos; por sus palabras; derramando su sangre; dando la vida por los hombres (…). Darse, darse a Jesús, y a las almas, consumir su vida en esta ocupación, callado, ejemplar, caritativo, penitente, e incansable para el sacrificio (…). Esto, y mucho más, hasta el martirio mismo, y todo por amor (De Conchita al padre Félix, 1903).

A nosotros, queridísimos hermanos, Dios ha querido descubrirnos su proyecto de amor y nos ha invitado e invita día a día a hacerlo nuestro desde la obediencia libre, meditada, discernida, radical. Asumiendo en total coherencia este proyecto, Dios logrará hacer florecer en el corazón de nuestra gente su reino de justicia y de paz con la riqueza de sus valores humanos, haciendo que se expanda como luz sobre todos los pueblos. Cada uno de nosotros hemos sido y somos llamados por nombre, para estar con Él y para ser enviados; para ser signo de su alianza de amor y de vida para todo el hombre y para todos los hombres. Y nuestra respuesta, generosa o acomodaticia, deberá brotar siempre de nuestra libertad.

Hagamos nuestro el sueño de Conchita y del P. Rougier; hagamos nuestro, como ellos, el proyecto de Dios y sigamos escribiendo con tinta de santidad la historia de la amada Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo. Hagamos nuestro el gesto generoso y valiente que han sabido asumir y transparentar a lo largo de los cien años del Instituto muchos, muchísimos hermanos. A ellos, junto a quienes, inspirados por el Espíritu iniciaron la obra, los recordamos con gratitud y afecto. Y recordar es un acto de esperanza: de aquella esperanza que jamás defrauda.

Amigos: Jesús, vivo y siempre presente en la Eucaristía nos invita a llenarnos de esa misma esperanza. Nos invita a recomenzar; a permanentemente saber “recomenzar desde Cristo”; a no tener miedo y a dejarnos llenar de su fuerza abriéndonos al don del Espíritu. Nos invita a dejarnos guiar, más aún, a dejarnos poseer por el Espíritu Santo, para que sea Él quien nos impulse en fidelidad creativa, en comunión comunitaria y eclesial, en entusiasmo en el servicio misionero a favor de la edificación de su Reino, aquí y ahora, y en todas partes.

¡Con María todo, sin ella nada!, decía el Padre Félix de Jesús Rougier mientras se acercaba el momento en que finalmente contemplaría “cara a cara” a su Señor. De manera semejante, cobijados por la ternura de la mirada de la Virgen María y junto a Ella, emprendamos con renovado entusiasmo, fidelidad y valentía la tarea que el Espíritu, como, en y con su Iglesia nos pide a cabo en su Reino, confesando con firme convicción y a cada momento: si “eso quieres mi Jesús, eso mismo quiero yo”.

¡Felicidades, hermanos! ¡El Espíritu del Señor los ha ungido y, entonces: adelante

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